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La decisión a la que se enfrenta Alemania, perder o perder

Las Perlas de KikeKike Vázquez

La decisión a la que se enfrenta Alemania, perder o perder

@Kike Vázquez .-ocupa una butaca en la universidad, pero decir sólo eso sería engañoso dada su vocación por la economía y los mercados financieros. Descubre junto a este coruñés las perlas del día, las noticias que más suenan y las que no, pero sonarán. Si te gusta estar bien informado y no te conformas con lo de siempre, prueba con la visión de Kike Vázquez

@Kike Vázquez  –    10/05/2011

Alemania es grande, poderosa, pero no omnipotente. Conviene tener esto muy presente cuando pensamos en la Eurozona y sus eventuales soluciones y problemas, ya que la economía es un juego sin fin, nunca se acaba, por lo que antes o después siempre se está expuesto a perder. Y en el caso que nos ocupa, la grande y poderosa Alemania, a pesar de su apariencia de omnipotencia, se está acercando a ese momento.

En el futuro, si obviamos variantes y matices, tenemos dos escenarios para el euro: uno en el que sobrevive en una forma parecida a la actual y otro en el que deja de existir en favor de otro sistema. Podríamos pensar que en cualquiera de los casos se verán beneficiados, primero porque ellos “mandan” y escogerán lo que más les convenga, y segundo porque tienen una economía indudablemente fuerte y robusta con unos resultados en su industria exportadora envidiados en el mundo entero, por lo que nada mejor para enfrentarse a la incertidumbre de los cambios bruscos. Cierto es que están en una posición mucho más ventajosa que cualquier otro país, pero ello no exime de tener que dar pasos atrás en el futuro, quizá porque cuando estás en la cima es más fácil bajar que seguir subiendo.
Caso “A”.- Bruch der Eurozone: Teniendo en cuenta que media Eurozona está fuertemente endeudada y ve difícil hacer frente a las deudas, podríamos pensar que un escenario de ruptura de la Eurozona les favorece, al fin y al cabo son los que realmente tendrán que pagar la fiesta sin tener aparentemente culpa en ella. Sí, sus bancos están repletitos de deuda periférica pero, ¿qué es mejor salvar a sus propios bancos a toda la Eurozona? No es sencillo decidirse por una de las opciones teniendo en cuenta “costes – beneficio”, el problema, bajo mi punto de vista, es que ese no es el tema crucial.
El tema crucial es que Alemania es grande, poderosa y tiene una potente industria exportadora en gran parte gracias al euro. Si China adultera el comercio mundial con una divisa artificialmente baja, los germanos han conseguido algo parecido con la Eurozona. Juzguen ustedes mismos:
Nadie discute que tengan una magnifica industria, pero puede observarse como la introducción del euro les ha proporcionado unos resultados excepcionales. Tanto que han pasado de ser un país con una cuenta corriente negativa en los años noventa, es decir, que se endeudaban con el exterior al igual que estamos haciendo nosotros, a tener amplios superávits realmente importantes. Creo que no hay duda de que la moneda única les ha venido fabulosamente bien para consolidar la unificación de oriente y occidente en el país.
Me temo que lo que más preocupa a Alemania del fin del euro no es rescatar a su sector financiero, sino quitarle a la economía su actual ventaja derivada de la moneda única.
Caso “B”.- Eurozone Rettung: El segundo caso es rescatar al euro, conseguir que la moneda única sobreviva. ¿Cómo? Ojalá fuese tan sencillo como hacer un plan de rescate como los actuales, pero como se está viendo en Greciaotorgar más deuda no vale para nada si la capacidad de pago no mejora.
Robert Mundell, premio nobel de economía y experto en áreas monetarias óptimas, decía que para que una moneda única funcionase deberían de cumplirse unos requisitos. Junto con la aportación de otros autores se entiende óptima aquella área que presenta movilidad del trabajo, del capital, flexibilidad de precios y salarios y tiene mecanismos de trasferencia fiscal. Podríamos mencionar también el ciclo económico, la diversificación, la apertura comercial… hay varios factores y daría para mucha crítica, no obstante quiero centrarme en las dos cuestiones que están en el candelero para no extenderme: la flexibilidad de los salarios y las trasferencias fiscales.
Alemania argumenta, correctamente, que debemos adaptarnos a la nueva situación, hemos vivido como “nuevos ricos” y ahora es el momento de que ajustemos el cinturón y tengamos unos gastos y deudas en la medida de nuestras posibilidades. El problema es que simplemente bajando más los salarios no vamos a ser lo suficientemente competitivos para revertir la situación actual, es decir, dejar de endeudarnos con el exterior. Con una cifra superior al 20% de desempleo es obvio que nuestros sueldos bajarán, como mínimo en términos reales (hay discrepancias sobre si los ajustes nominales son factibles o no), pero nuestro objetivo debe ser el desarrollo de nuevos productos, la innovación, porque si lo que se produce es un empobrecimiento, ¿quién pagará las deudas que tenemos?
De lo que acabo de mencionar se habla mucho, porque parece obvio y porque es el debate que a Alemania le interesa, pero la solución verdadera a la crisis del euro son las trasferencias fiscales. ¿Qué tipo de trasferencias? Aquella que permita a un país en problemas recibir de alguna forma ayuda.
Ante los primeros síntomas de crisis G. Soros saltó a la palestra para decir que la respuesta eran los “eurobonos”, es decir, bonos emitidos por la Eurozona en su conjunto o incluso por un área aún mayor. Al principio no veía la causa y efecto muy clara, pero tras pensarlo detenidamente solo pude darle la razón. Una parte importante del superávit comercial alemán de la última década se debe a los periféricos, dicha situación no se da solo porque “ellos sean muy listos y nosotros muy tontos” sino porque nuestra zona monetaria presenta asimetrías no resueltas que provocan desequilibrios. Para solucionarlo la única forma es que a la vez que eso se produce exista una trasferencia de quien se enriquece a quien se empobrece, de quien se beneficia a quien se ve perjudicado.
Para entenderlo solo hay que pensar en España, nuestro Estado funciona porque hay redistribución, si eso no ocurriese se darían tales discrepancias territoriales que acabarían por romperla. Ojo, eso no quiere decir que quien más produce no se deba beneficiar más, el que gana se lleva “100” y el que no “20”. Tampoco quiere decir que dicha ayuda sea gratis y desinteresada, debe ser siempre a cambio de reducir las asimetrías, de hacer reformas, de eliminar la corrupción y la subvención injustificada. Llámele España, llámele Europa.
Viendo esto podríamos pensar que los rescates actuales son por tanto beneficiosos, pues es dinero que va de “A” a “B”. Nada más lejos de la realidad, con las condiciones impuestas se provoca la recesión en el país intervenido, y sin crecimiento más deuda no sirve de nada. Para que funcione un rescate el tipo de interés debe ser inferior al crecimiento nominal de la economía, solo así el ratio deuda / PIB puede disminuir y por tanto verse mejoras. Debe incidirse no solo en terminar con privilegios locales, la clave está en favorecer la competitividad y por tanto el crecimiento futuro a la vez que se ofrecen unos tipos de interés ventajosos por ejemplo de los “eurobonos”.
Ese es solo un ejemplo de trasferencia, aunque las preguntas al final son: ¿Puede la periferia realizar las reformas necesarias para ser competitiva? ¿Está Alemania dispuesta a tener competencia comercial en el seno de la Eurozona aún encima apoyada y subvencionada por ella misma? ¿Merece la pena eso a cambio de disfrutar de una divisa más baja de lo que correspondería? La decisión para los germanos, sea cual sea, es perder o perder. Aunque claro, ojalá nosotros estuviésemos en su misma tesitura.

La crisis no cesa: ¿Por qué?, por Paul Krugman y Robin Wells

La crisis no cesa: ¿Por qué?, por Paul Krugman y Robin Wells

“La crisis económica que comenzó en 2008 está lejos de terminar. Y si los gobiernos no actúan, lo peor está por venir.”

Por Prodavinci | 5 de Marzo, 2011

En el invierno de 2008-2009, la economía del mundo estaba al borde.

El mercado de la bolsa se desplomó, el de los créditos se congeló y los bancos se cayeron, creando un contagio en masa que se esparció desde Estados Unidos hacia Europa y amenazó con envolver al mundo entero.

Durante los días más oscuros de la crisis, Estados Unidos perdía 700.000 empleos al mes, y el comercio mundial se encogía a una mayor velocidad que durante 1930.

Sin embargo, para el verano de 2009, cuando la economía mundial se estabilizaba, era evidente que no habría una réplica de la Gran Depresión.

Alrededor de junio de 2009 muchos indicadores habían estado subiendo: el PIB ha estado de alza en todas las grandes economías, la producción industrial mundial también sube y las ganancias corporativas en Estados Unidos se han recuperado hasta niveles anteriores a la crisis.

Sin embargo, el desempleo casi no ha caído, ni en Estados Unidos ni en Europa, lo que significa que la difícil situación del desempleado, especialmente en EEUU, con su minima red de seguridad, ha seguido empeorando regularmente a medida que se acaban los beneficios y los ahorros se vacían.

Y se vislumbra poco alivio: en las economías más golpeadas de Europa el desempleo sigue creciendo; el crecimiento económico de Estados Unidos se detiene y muchos analistas prevén que la tasa de desempleo en este país seguirá alta o incluso aumentará durante el próximo año.

Dada esta cruda posibilidad, ¿no deberíamos ver cierta urgencia de parte de los políticos y economistas, una carrera por adelantar planes para promover el crecimiento y restaurar empleos? Aparentemente no: una revisión casual de los libros y artículos recientes no muestran nada de esto.

Libros sobre la Gran Depresión todavía van a las imprentas, pero mayormente son miradas hacia atrás, preguntándonos como nos metimos en esto en vez de decirnos cómo salir.

Para ser justos, muchos de los libros recientes sí ofrecen recomendaciones para evitar la próxima burbuja, pero no muchos lineamientos para el problema actual, que es el de lidiar con las persistentes consecuencias de la última.

  • Esta extraña negligencia no se puede explicar por la mecánica del negocio de los libros. Es cierto que los libros sobre economía que aparecen ahora fueron a imprenta antes de que la naturaleza decepcionante de la supuesta recuperación se hiciera patente.

Hasta las reseñas de artículos recientes, sin embargo, hay una falta de disposición notable por parte de la ciencia por ofrecer soluciones al problema del desempleo alto y la lentitud de la economía.

Ha habido un debate furibundo sobre la efectividad de las medidas monetarias y fiscales tomadas en la profundidad de la crisis; también han habido declaraciones estruendosas sobre lo que debemos hacer, numerosas alertas sobre el supuesto peligro de los déficits fiscales o de las políticas de expansión monetaria.

Pero las propuestas para acciones positivas de sacarnos del hoyo son pocas.

En lo que sigue, proponemos una revisión relativamente breve de un tema ampliamente elaborado pero aún controversial: los orígenes de la crisis de 2008. Luego miraremos los debates políticos que continúan llevándose a cabo sobre las respuestas a la crisis y sus consecuencias.

No queremos dejar a los lectores en suspenso: creemos que la ausencia relativa de propuestas para lidiar con el desempleo masivo es un caso de “parálisis autoinducida”, una frase que usó hace una década el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, cuando era un investigador que criticaba a los legisladores desde afuera.

Hay espacio para la acción, tanto monetaria como fiscal. Pero los políticos, los funcionarios y los economistas han sufrido un colapso nervioso, por el que millones de trabajadores pagarán un alto precio.

Peligrosas pompas de jabón

Llamémoslo la gran burbuja de bienes raíces del Atlántico Norte: en la primera década del tercer milenio, se dispararon los precios de los bienes raíces, tanto residenciales como comerciales, en partes de Europa y América del Norte.

Entre 1997 y 2007, el precio habitacional subió 175 por ciento en Estados Unidos, 180 por ciento en España, 210 por ciento en Gran Bretaña y 240 por ciento en Irlanda.

¿Por qué subieron tanto los precios de bienes raíces en tantos lugares?

Hablando en general, hay cuatro explicaciones populares (que son mutuamente excluyentes): la política de tasas de interés bajas de la Reserva Federal que se implementó tras la recesión de 2001; la “saturación mundial del ahorro”; las innovaciones financieras que disfrazaron el riesgo; y los programas gubernamentales que crearon el riesgo moral.

La política de las tasas de interés bajas de la Reserva Federal: después que se desinfló la burbuja tecnológica, a finales de los 90, los bancos centrales cortaron drásticamente aquellas tasas de interés a corto plazo que caían bajo su control directo, en un intento por contener el bajón resultante.

La Reserva Federal tomó la acción más dramática, recortando la tasa overnight de préstamos entre bancos del 6,5 por ciento a principios de 2000, a solo uno por ciento en 2003, y manteniendo la tasa muy baja hasta 2004.

También hay una corriente de pensamiento -una hacia la cual Raghuram Rajan se inclina bastante en su libro Fault Lines, y que recibe apoyo  más calificado por parte de Nouriel Roubini y Stephen Mihm en Crisis Economics– que considera este prolongado período de tasas bajas como un terrible error de política, ya que abonó el terreno para la burbuja inmobiliaria.

Sin embargo, hay algunos problemas serios con esta interpretación. Por una parte, había buenas razones para que la Reserva Federal mantuviera su overnight baja.

Aunque la recensión de 2001 no era especialmente profunda, la recuperación fue muy lenta; en Estados Unidos, el desempleo no se recuperó hasta los niveles precedentes a la recesión sino en 2005. Y con una inflación que llegaba a su punto más bajo en 35 años, había una trampa deflacionaria, en la cual una economía deprimida empuja a la baja los salarios y los precios, lo que a su vez deprime aún más la economía. Esta era la verdadera preocupación.

Aun en retrospectiva, es difícil ver cómo la Reserva Federal pudo haber justificado no mantener sus intereses bajos durante un período extendido. El hecho de que la burbuja inmobiliaria fuera un fenómeno del Atlántico Norte y no netamente estadounidense también hace difícil echarle la culpa de esa burbuja a la política de los intereses bajos.

El Banco Central Europeo no fue tan agresivo como la Reserva Federal, reduciendo las tasas de interés que controlaba sólo a la mitad de lo que lo hizo su contraparte estadounidense; sin embargo las burbujas inmobiliarias europeas fueron totalmente comparables en escala a las de Estados Unidos.

Estas consideraciones sugieren que sería un error atribuirle íntegramente, e incluso gran parte, la culpa de la burbuja inmobiliaria a una política monetaria mal dirigida.

La saturación mundial del ahorro: el término realmente viene de un discurso dado por Ben Bernanke a principios de 2005.

En ese discurso, el futuro presidente de la Reserva Federal sostuvo que el gran déficit de comercio de Estados Unidos -y los grandes déficits de otras naciones tales como Gran Bretaña y España– no reflejaban un cambio en el comportamiento de los países sino un cambio en el comportamiento de los países con superávits.

Históricamente, los países en vías de desarrollo han incurrido en déficits de comercio con países desarrollados cuando compran maquinaria y otros bienes de capital para poder levantar su nivel de desarrollo económico.

A la luz de la crisis financiera que golpeó a Asia en 1997-98, esta práctica usual se puso de cabeza: las economías en vías de desarrollo de Asia y el Medio Oriente incurrían en grandes excedentes comerciales con los países desarrollados para poder acumular grandes cantidades de bienes extranjeros como seguro contra otra crisis financiera.

Alemania también colaboró con el desbalance global, incurriendo en grandes excedentes con el resto de Europa para poder financiar la reunificación y la población que envejecía rápidamente.

En China, donde el excedente comercial cubre la mayor parte del déficit comercial de Estados Unidos, el deseo de protegerse contra una posible crisis financiera se ha transformado en una política en la cual la moneda se mantiene subvaluada, lo cual beneficia a las industrias exportadoras políticamente conectadas, frecuentemente a expensas de la población laboral general.

Para los países con déficit comercial, como Estados Unidos, España y Gran Bretaña, la otra cara de la moneda del desbalance comercial son los grandes flujos de capital cuando los países con excedentes compran grandes cantidades de bonos y otros activos norteamericanos, españoles y británicos.

Los flujos entrantes de capital también bajaron los intereses, no los intereses a corto plazo establecidos por la política del Banco Central Europeo, sino los de largo plazo, que son los que importan para los gastos y los precios de viviendas, y que establece el mercado de bonos.

Tanto en Estados Unidos como en las naciones europeas, las tasas de interés a largo plazo cayeron dramáticamente después de 2000, y se mantuvieron bajas aun cuando la Reserva Federal comenzó a subir su tasa de corto plazo.

Para ese momento, Alan Greenspan llamó conundrum a esta divergencia del mercado de bonos, pero es perfectamente comprensible dada la actuación de las fuerzas internacionales.

Como hemos dicho, vale la pena notar que mientras el Banco Central Europeo no fue tan agresivo como la Reserva Federal al recortar las tasas de corto plazo, las tasas de largo plazo cayeron tanto, o más, en España e Irlanda como en Estados Unidos, un hecho que mina aún más la idea de que la política monetaria excesivamente ligera causó la burbuja inmobiliaria.

De hecho, en ese discurso de 2005, Bernanke reconoció que el impacto de la saturación del ahorro estaba cayendo principalmente sobre las viviendas.

Durante los últimos años, el efecto clave del precio de los activos del excesivo ahorro mundial parece haber ocurrido en el mercado de la inversión residencial, ya que las tasas bajas para hipotecas han respaldado niveles nunca vistos de construcción de viviendas y hay grandes ganancias.

Lo que desafortunadamente no pudo ver Bernanke fue que los precios de las viviendas escalaban mucho más de lo que debían, incluso considerando las bajas tasas de las hipotecas. A finales de 2005, pocos meses antes de que la burbuja inmobiliaria empezara a explotar, declaró -rechazando implícitamente los argumentos de varias prominentes Casandras- que los precios de las viviendas “reflejan fundamentos económicos fuertes.”

Y como casi todo el mundo, Bernanke tampoco pudo ver que las instituciones financieras y familiares por igual estaban tomando riesgos que no entendían, porque daban por sentado que los precios de las viviendas nunca caerían.

A pesar de la notable falta de visión de Bernanke acerca de la crisis que se avecinaba,  la historia sobre la saturación del ahorro nos da una de las mejores explicaciones de cómo tantas naciones lograron meterse en problemas tan parecidos.

La innovación financiera fuera de control: Mary tenía una ovejita y cuando se enfermó, la envió a Packingtown y ahora se llama pollo. La famosa cancioncilla que resume The Jungle de Upton Sinclair parece de lo más apropiada como descripción de las prácticas financieras que ayudaron a nutrir la burbuja inmobiliaria, especialmente en las hipotecas subprime.

Ahora la letanía es familiar: el viejo modelo bancario, donde los bancos se aferraban a los préstamos que otorgaban, se reemplazó por una práctica nueva, de originar y distribuir.

Los generadores de hipotecas –que en muchos casos no tenían negocios bancarios tradicionales- daban préstamos para comprar casas, luego rápidamente vendían esos préstamos a otras firmas.

Estas firmas entonces reempacaron esos préstamos haciendo un fondo común, luego vendían las acciones de estos fondos como títulos valores; y las agencias de medición estaban dispuestas a etiquetar el producto resultante como “pollo”, es decir, ponerles el sellos de aprobación, de la AAA, en los títulos valores más antiguos, aquellos que tenían derecho a los intereses y el pago del principal primero.

Todos ignoraron el riesgo que significaba un desastre inmobiliario general, así como la degradación de rebajar los niveles mientras la burbuja se inflaba (ayudaban a esa falta de conocimiento las grandes cantidades de dinero que se ganaba).

Cuando explotó, resultó que mucho de ese papel AAA sólo valía unas pocas monedas.

Es una historia vergonzosa. Es importante, sin embargo, dar un paso atrás y preguntarse por la responsabilidad de estas prácticas financieras poco claras al preparar el campo para la crisis. Tres puntos parecen relevantes.

Primero la versión común del cuento, transmite la impresión de que Wall Street no tenía incentivo alguno para preocuparse sobre los riesgos de préstamos de títulos valores, porque era capaz de descargar el desecho tóxico sobre los inversionistas incautos alrededor del mundo.

Pero esta aseveración parece estar mayormente (aunque no totalmente) equivocada: mientras muchos inversionistas ingenuos compraron valores complejos sin entender los riesgos, las firmas de Wall Street que emitían estos valores guardaron los activos más arriesgados en sus propios libros.

Además, muchos de los activos menos riesgosos los compraron otras instituciones financieras, normalmente consideradas inversionistas sofisticadas, no el público común.

El efecto global era concentrar los riesgos en el sistema bancario, no descargarlo en otros.

Segundo, las comparaciones entre Europa y Estados Unidos son ilustrativas.

Europa logró inflar grandes burbujas inmobiliarias sin recurrir a esquemas financieros complejos al estilo norteamericano.

Los bancos españoles, en particular, expandieron enormemente el crédito; lo hicieron vendiendo sus préstamos a inversionistas extranjeros, pero esos préstamos eran muy claros, eran contratos “vainilla,” cuyos pasivos últimos quedaban con los prestamistas originales, o sea, los bancos españoles mismos.

La simplicidad relativa de sus técnicas financieras no evitó la inmensa burbuja ni la explosión. Un tercer strike contra el argumento del papel esencial que jugaron las finanzas complejas es el hecho de que la burbuja habitacional sucedió a la par,  simultáneamente, que una burbuja de bienes raíces comerciales, que siguió siendo financiada por préstamos tradicionales de los bancos.

Así que el financiamiento exótico no era una condición necesaria para los préstamos en fuga, ni siquiera en Estados Unidos.

Lo que sí se puede argüir es que las innovaciones financieras hicieron que los efectos de la explosión de la burbuja habitacional fueran más penetrantes: en vez de ser una crisis geográficamente concentrada, en la cual sólo los prestamistas locales estaban en riesgo, la compleja estructura financiera esparció la explosión a instituciones financieras alrededor del mundo.

El peligro moral creado por los programas gubernamentales: la idea de que esto lo hizo el gobierno  -los préstamos respaldados por el gobierno, los mandatos del gobierno y las garantías explícitas o implícitas del gobierno, llevaron a compras de vivienda irresponsables- es un artículo de fe de la derecha política.

También es un tema central, aunque no el único, de Fault Lines de Raghuram Rajan.

En el mundo según Rajan, profesor de la escuela de Economía de la Universidad de Chicago, las raíces de la crisis financiera yacen en la creciente desigualdad de ingresos en Estados Unidos y la reacción política a esa desigualdad: los legisladores, en busca del favor de los votantes y tratando de mitigar las consecuencias de la creciente desigualdad, canalizaron fondos hacia las familias de bajos ingresos que querían comprar casas.

Fannie Mae y Freddie Mac, las dos entidades de préstamo respaldadas por el gobierno, facilitaron el crédito hipotecario; la Community Reinvestment Act (Ley para Reinvertir en la Comunidad), que estimulaba a los bancos a entregar créditos en las comunidades donde operaban, los obligó a prestarles a personas de bajos ingresos sin importar el riesgo; y en cualquier caso, los bancos no se preocuparon mucho por el riesgo porque creían que el gobierno los respaldaría si algo no funcionaba.

Rajan sostiene que el Troubled Asset Relief Program (TARP, Programa de Ayuda a los Activos en Problemas), que el presidente Bush pasó como ley el 3 de octubre de 2008, validaba la creencia de los bancos de que no tendrían que pagar el precio por volverse locos.

Aunque Rajan se cuida de dar nombres y le atribuye la culpa a los “políticos” como un genérico, está claro que ante sus ojos, los demócratas tienen la culpa.

En gran parte, aquellos que dicen que el gobierno ha sido responsable tienden a enfocar su ira sobre Bill Clinton y Barney Frank, quienes supuestamente estaban empujando fuertemente el otorgamiento de préstamos a los pobres.

Aunque es una historia que enlaza todo en un solo paquete, sin embargo, no coincide con la evidencia. Y nos decepciona que Rajan, un economista ampliamente respetado,  entre los primeros en advertir sobre la fuga de Wall Street, se deje llevar por lo que es, principalmente, un mito motivado por la política.

El libro de Rajan se basa fuertemente en estudios del American Enterprise Institute, un think tank de la derecha; y no menciona a ninguno de los muchos estudios y comentarios que desmontan la tesis de la culpabilidad del gobierno. Roubini y Mihm, en contraste, aciertan: el enorme crecimiento del mercado subprime no fue financiado principalmente por Fannie Mae y Freddie Mac, sino por prestamistas hipotecarios privados como Countrywide.

Es más, la Community Reinvestment Act sucedió mucho antes que la burbuja inmobiliaria. Los alegatos inflados de que Fannie Mae y Freddie Mac solitos causaron la crisis subprime están simplemente errados. Como otros han señalado, Fannie y Freddie en realidad sólo eran responsables de una parte reducida del mercado total de préstamos habitacionales en los años pico de la burbuja.

Al extremo de que no compraron préstamos de vivienda dudosos; buscaban beneficios, no objetivos sociales; en efecto, estaban tratando de alcanzar a los prestamistas privados.

Mientras tanto, las pocas instituciones que dieron préstamos subprime, como Countrywide Financial, fueron bancos comerciales sometidos a la Community Reinvestment Act. Más allá de eso, hubo otras burbujas, como la de bienes raíces comerciales en Estados Unidos, que no fue promovida por las políticas públicas en absoluto, y las burbujas en Europa.

El hecho de que las viviendas en Estados Unidos eran sólo parte de un fenómeno mucho más grande pareciera ser evidencia de suposiciones contra cualquier opinión basada fuertemente en supuestas distorsiones creadas por los políticos norteamericanos.

¿Era totalmente inocente la política gubernamental? No, pero sus pecados eran más de omisión que de comisión.  No se le debió permitir a Fannie y Freddie perseguir ganancias durante las etapas finales de la burbuja inmobiliaria; los reguladores no usaron la autoridad que tenían para detener la toma de riesgos excesiva. Pero aunque les encantaría a los conservadores colocar a los políticos de corazón blando al centro de esta historia, ellos no caben allí. Y el respaldo que Rajan le da a la línea conservadora, sin siquiera admitir los problemas de esa versión, se nos presenta resbaloso y evasivo.

El cisne blanco

Cualesquiera fueran las causas de la burbuja inmobiliaria, es importante notar que, en general, las burbujas no son inusuales.

Por el contrario, como explica largamente Robert Shiller, de Yale, en su celebrado libro Irrational Exuberance, son una característica recurrente de los mercados financieros (no es coincidencia que Shiller advirtiera muy temprano que estábamos viviendo de una burbuja inmobiliaria masiva).

Las burbujas han ocurrido en economías pequeñas y grandes, en naciones individuales y en la economía global como un todo, en períodos de fuerte intervención pública y en eras de mínimo gobierno.

La burbuja habitacional del Atlántico Norte, como dicen Roubini y Mihm, era un “cisne blanco”, un evento común, no particularmente raro, pero mucho más grande que la mayoría. Podemos adivinar que la burbuja comenzó principalmente gracias al exceso de ahorro global, pero que desarrolló una velocidad propia, que es lo que hacen las burbujas. Las innovaciones financieras tales como los seguros de hipotecas pueden haber facilitado que se inflara, pero los bancos europeos lograron extender demasiado crédito sin estos alicientes.

Sin embargo, está claro que hubo fallas grandes de falta de visión.

En particular, Ben Bernanke ha admitido que la Reserva federal no usó sus poderes reguladores en los excesos de los prestamistas hipotecarios, una falta de visión trágica.

Greenspan descartó la clara advertencia que le hizo un miembro de la junta de la Reserva de que los préstamos se habían vuelto peligrosamente excesivos. Y el amplio escrutinio de los préstamos hipotecarios ha hecho que el desastre sea mucho más difícil de limpiar.

En un mercado habitacional que ahora está deprimido en toda la economía, los tenedores de hipotecas y los prestatarios preocupados estarían mejor si pudieran renegociar sus préstamos y evitar la ejecución.

Pero cuando las hipotecas se han rebanado y picado en fondos comunes, y luego vendido internacionalmente para que ningún inversionista tenga más de una fracción de cualquier hipoteca, tales negociaciones son imposibles.

Y debido al cabildeo de la industria financiera que impidió que las hipotecas fueran cubiertas por procedimientos de quiebra personal, ningún juez puede imponer una solución.

El fenómeno de la securitization, creada con la creencia de que un desplome habitacional a gran escala nunca ocurriría, ha atrapado a los inversionistas y a los prestatarios preocupados en una espiral descendiente mutuamente destructiva.

¿Qué ocurre cuando las burbujas explotan? Invariablemente, desaparece mucha riqueza de papel. Pero eso en sí no es suficiente para convertir la explosión de la burbuja en una catástrofe para la economía como un todo. La caída de la bolsa de 2000-2002 fue un golpe de cinco billones de dólares a la riqueza interna de Estados Unidos. Creó mucho sufrimiento para las personas que contaban con las ganancias de capital para su retiro, pero no desató una crisis sistémica más amplia.

El descalabro habitacional fue un golpe de ocho billones, no mucho más grande que la caída de la bolsa, una vez que tomas en consideración tanto la inflación como el crecimiento económico en el ínterin.

Pero produjo la peor crisis global desde los años 30. ¿Por qué?

Gran parte de Crisis Economics de Roubini y Mihm está, en efecto, dedicado a esa pregunta.

En vista de la reputación de hombre salvaje y predicador del desastre de Roubini, el libro no sorprende por su novedad. Pero es una buena base para entender cómo las finanzas putrefactas pueden destruir una economía que por otra parte es saludable.

Hay dos grandes respuestas a la pregunta de porqué algunas burbujas de valores hacen tanto daño cuando explotan. La respuesta de visión estrecha se enfoca en el sector financiero; la respuesta de visión amplia sostiene que la deuda y el apalancamiento entre jugadores no financistas, tales como corporaciones y dueños de viviendas, son igual de importantes.

Según cuál respuesta aceptemos, habrá grandes implicaciones para el enfoque y para el modo en que podemos responder a las continuas tribulaciones de la economía.

Hablemos primero del sector financiero: bancos e instituciones como los bancos. Hasta Adam Smith sabía que los bancos son particularmente proclives a las crisis de confianza.

Está en la naturaleza de su negocio: un banco puede prometerte que tendrás acceso a tu dinero cuando lo quieras, pero como la mayor parte de los fondos colocados al cuidado de cualquier banco se invierten en activos a largo plazo, ningún banco realmente puede cumplir con esa promesa si una fracción grande de sus depositarios exige simultáneamente que le devuelvan su dinero.

Así que la banca depende de la confianza: mientras la gente crea que su dinero está seguro y sólo saca dinero cuando tienen una razón personal o por negocios, su dinero probablemente sí estará seguro.

Pero si los clientes del banco empiezan a tener dudas sobre la solidez de la institución y deciden, en masa, sacar su dinero -es decir, si hay una corrida– el temor de que el banco fallará pueden convertirse en una profecía autocumplida.

El descalabro global en bienes raíces, a diferencia de la explosión de la burbuja puntocom, suscitó preocupaciones justificadas sobre la solidez de los bancos. Las instituciones financieras, en general, no estaban expuestas a bonos tecnológicos.

Sin embargo estaban muy expuestas a pérdidas por moras en las hipotecas.

Así que no es de sorprenderse, por lo menos en retrospectiva, que el descalabro habitacional haya desencadenado una corrida en grandes áreas del sistema financiero.

O, para usar un término anticuado que ha regresado a la usanza común, desencadenó un pánico financiero.

Pero, ¿cómo puede ocurrir un pánico tradicional en el mundo moderno? Generaciones de profesores de Economía han dicho a sus estudiantes que las corridas de los bancos -como la famosa escena en la película It’s a Wonderful Life– pertenecen al pasado, porque los depositantes modernos saben que su dinero está asegurado por el FDIC. ¿Porqué se equivocaron? La respuesta ahora familiar es que para 2007 el sistema financiero había evolucionado al punto en que tanto las regulaciones tradicionales de los bancos, como su red de salvación asociada, estaban llenas de huecos.

Cada vez más, en Estados Unidos, a la banca convencional la estaba suplantando una variedad de alternativas, generalmente agrupadas hoy en día bajo el sustantivo “banca fantasma.”

Por ejemplo, muchos negocios empezaron a estacionar su dinero en convenios de recompra en vez de usar los bancos: son los “repo”, préstamos a muy corto plazo para cubrir fondos y bancos inversionistas).

Los “repo” tiene un rendimiento en intereses más alto que los depósitos corrientes, porque el emisor no estaba atado por los requerimientos de la reserva ni por otras reglas que se aplican a los bancos convencionales.

Pero no estaba garantizado por el gobierno, y por lo tanto estaba sujeto a las crisis de confianza. Las corridas en “repo” descalabraron a Bear Stearns y Lehman Brothers.

Y en muchas estimaciones, para 2007, el “repo” y otras formas de banca fantasma comprendían un 60 por ciento del total del sistema bancario de Estados Unidos.

Y sin embargo la banca fantasma siguió principalmente sin regulaciones y sin seguros. “No es gran sorpresa”, escriben Roubini y Mihm, “que el sistema de bancas fantasma estaba al centro de lo que se convertiría en la madre de todas las corridas bancarias”.

En Europa, la desarticulación de la red de seguridad bancaria tradicional tomó una forma un poco diferente. Primero que nada, los bancos en las áreas de la burbuja de España, Irlanda, Islandia y el Reino Unido otorgaron préstamos que sobrepasaban bastante sus depósitos, lo cual suplementaban con fondos del mercado al por mayor, básicamente pidiendo prestado de otros bancos e inversionistas.

Este financiamiento al por mayor pudiera secarse, y así lo hizo, cuando la solidez de los prestamistas originales se puso en evidencia.

Más allá de esto, los bancos europeos estaban respaldados por sus gobiernos nacionales, no por una red de seguridad paneuropea, lo cual significaba que cuando los problemas bancarios mayores surgieron en algunos países, la habilidad de los gobiernos de esas naciones para detener a sus bancos se puso en duda.

Islandia es el ejemplo más famoso, donde un puñado de banqueros de corrida desarrollaron una deuda varias veces el tamaño del PIB del país. Dudas similares, pero menos severas, sobre la habilidad del gobierno para lidiar con las deudas bancarias han surgido en Irlanda y España.

Así que el descalabro en bienes raíces creó una crisis de confianza en gran parte del sistema financiero mundial y eventualmente paralizó partes cruciales de ese sistema.

Empezaron a aparecer señales de la tensión a finales del verano de 2007; el infierno se desató después del desastre de Lehman en septiembre de 2008. Durante el invierno de 2008-2009 los costos para préstamos se dispararon para casi todo el mundo, menos para el gobierno, si acaso podían conseguir algún crédito. Y la economía mundial parecía peligrosamente cerca de fundirse totalmente.

Los legisladores corrieron para prevenir el final. Las instituciones bancarias fueron rescatadas a expensas del contribuyente; las garantías se extendieron para restaurar la confianza.

En Irlanda, por ejemplo, tomaron el paso extraordinario de garantizar toda la deuda bancaria de Irlanda; los bancos centrales y las agencias gubernamentales entraron como “prestamistas de último recurso,” dando crédito donde los bancos no pudieran o no quisieran.

Prosperidad de hoy, hambre de mañana

Estas medidas fueron exitosas para calmar el pánico: para principios del verano de 2009, casi todos los indicadores de stress financiero se habían reducido a niveles más o menos normales. Y como dijimos al principio de esta reseña, la economía mundial culminó su largo descenso y empezó a crecer de nuevo.

Pero como también notamos, no ha sido una gran recuperación.

Si el problema fundamental yacía en una crisis de confianza en el sistema bancario, ¿por qué la restauración de la confianza bancaria no ha traído un retorno a un crecimiento económico sólido?

La respuesta probable es que los bancos sólo eran parte del problema.

Es curioso que solo uno de los tres libros reseñados acá ni siquiera mencionan el trabajo del fallecido Hyman Minsky, un economista heterodoxo, largamente ignorado, pero cuyo momento ha llegado, de muchas maneras. Roubini y Mihm le dan una buena repasada a las opiniones de Minsky, y Richard Koo, lo sepa o no, es realmente minskyiano.

La teoría de Minsky, en breve, era que las eras de estabilidad financiera crean el escenario para las crisis futuras, porque fomentan una amplia variedad de actores económicos para que asuman cantidades aún más grandes de deuda e incurran en especulaciones cada vez más arriesgadas.

Mientras el precio de los valores sigue subiendo, impulsados por las compras por deudas, todo se ve bien. Pero tarde o temprano la música se detiene: hay un “momento Minsky” cuando todos los jugadores se dan cuenta (o se ven forzados por sus acreedores a darse cuenta) que el precio de los activos no crecerá por siempre, y que los prestatarios han incurrido en mucha deuda.

¿Acaso esta nueva prudencia no es una cosa buena? No.

Cuando un individuo trata de pagar su deuda, eso está muy bien, pero cuando todo el mundo trata de hacerlo al mismo tiempo, las consecuencias fácilmente pueden ser destructivas para todos los que están involucrados.

El proceso de destrucción es más fácil de ver en el sector financiero, donde el intento de todos de pagar su deuda, donde todos quieren vender sus valores al mismo tiempo, puede resultar en un círculo vicioso de precios en picada y creciente angustia.

Pero el problema no está restringido necesariamente a las finanzas.

El libro The Holy Grail of Macroeconomics, de Richard Koo, sostiene, de hecho, que el problema mayor que encaran las economías después del momento Minsky (aunque nunca usa el término) no yace en los sectores financieros sino en los no financieros con mucha deuda en sus hojas de balance.

Koo es el economista en jefe del Nomura Research Institute. Gran parte de su libro está dedicado a la larga era de estancamiento del Japón, desde principios de los años 90 en adelante.

Este estancamiento, explica, refleja principalmente los problemas de la hoja de balance de corporaciones no financieras, que están varadas con altos niveles de deuda después del descalabro de la burbuja de los años80.

Sostiene que Estados Unidos ahora enfrenta un reto similar, con los problemas de deuda concentrados no entre las corporaciones sino entre los dueños de casas, que incurrieron en grandes compromisos en el curso de comprar vivienda, y la usaron como cajero automático, es decir, usaban el refinanciamiento para extraer efectivo del alza en los precios de las casas y gastaban ese dinero en mayor consumo.

En el análisis de Koo, intentos simultáneos de tantos jugadores privados para pagar sus propias deudas llevaron a una “falacia de composición” relacionada a la famosa (pero frecuentemente ignorada) “paradoja del ahorro.” Cada recorte de gastos de una corporación individual o de un hogar es un esfuerzo por reducir la deuda; pero estos cortes de gasto reducen el ingreso de todo el mundo y mantienen la economía persistentemente deprimida.

Estos problemas más amplios de deuda y reparto explican porqué la estabilización exitosa de la industria financiera no ha hecho otra cosa que sacar a la economía del borde del abismo, sin producir una recuperación sólida.

La economía todavía está herida por la deuda. Es decir, los esfuerzos simultáneos de tantas personas por pagar sus deudas al mismo tiempo la mantienen deprimida.

Así que, ¿cuál es la respuesta?

A corto plazo la única manera de evitar una depresión cuando casi todo el sector privado trata de pagar la deuda simultáneamente es que el gobierno vaya en la dirección contraria: convertirse, en efecto, en el prestamista de último recurso, emitiendo deuda y siguiendo con el gasto, mientras el sector privado retrocede.

Al calor del momento Minsky, los déficits de presupuesto no sólo son buenos, son necesarios.

De hecho, se puede decir que el aumento de déficits presupuestarios mundialmente entre 2007 y 2009 fue hasta más importante que el rescate financiero para ayudar a evitar que el descalabro de bienes raíces desencadenara una réplica total de la Gran Depresión.

Esta oleada de déficit presupuestarios, por cierto, no fue principalmente el resultado de esfuerzos deliberados para estimular la economía.

En cambio, los factores principales fueron, primero, el colapso de la recepción de impuestos cuando las economías se desplomaron, y segundo, un alza en pagos automáticos como beneficios del seguro de desempleo.

En Estados Unidos, el déficit federal de dos años, desde 2009-2010, será de 2,5 billones de dólares; el plan de estímulo de Obama sólo contiene menos de un cuarto del total. Así que los déficits presupuestarios nos alejan de la caída al abismo.

Pero, ¿cómo puede recuperarse la economía?

¿Cómo puede recuperarse la economía? Fault Lines, de Raghuram Rajan, uno de los tres libros reseñados, no habla casi sobre este problema.

Parece más preocupado con evitar futuras burbujas, tanto que hace un llamado al aumento inmediato de tasas de interés a pesar del estado deprimido de la economía.

Nouriel Roubini y Stephen Mihm advierten que la recuperación puede ser muy lenta pero no ofrecen una solución, en cambio critican las soluciones ofrecidas por otros.

Sólo Richard Koo tiene algo positivo que proponer, aunque su respuesta aparece fuera del espectro de las posibilidades políticas.

La mayor parte del tiempo, contamos con bancos centrales para que diseñen la recuperación económica después de una depresión, tal como lo hicieron tras la recesión de 2001. Normalmente, cuando la recesión golpea, la Reserva Federal, el Banco Central Europeo o el Banco de Inglaterra recortan las tasas de interés a corto plazo controladas por ellos; las tasas a más largo plazo, las determinadas por el mercado, caen por solidaridad; y el sector privado responde a los préstamos y al gasto de más dinero.

Ante la severidad de la depresión ocurrida tras la implosión habitacional de 2008, sin embargo, esta respuesta convencional se ha quedado corta.

Una manera de reanimar la economía es utilizar la llamada regla Taylor, una regla básica que ata la política de intereses federales a los niveles de desempleo e inflación.

Aplicar la histórica regla Taylor ahora, con la inflación tan baja y el desempleo tan alto, significaría que la tasa principal de la política federal, la tasa overnight en la cual los bancos se prestan reservas entre sí, debería ser menos del 5% o 6% que hay actualmente.

Obviamente, eso no es posible: nadie prestará a una tasa de interés negativa, pero en cambio, siempre puedes mantener el efectivo.

Así que la política monetaria convencional está contra el “atado a menos cero”: no puede hacer otra cosa. Estamos en la clásica trampa keynesiana de liquidez, donde la economía está tan inundada de liquidez que agregarle más no tiene efecto. ¿Qué queda?

Una respuesta está en la política fiscal: el gobierno puede entrar y gastar cuando el sector privado no lo haga. Ya hemos discutido –en la primera parte de esta reseña- acerca de que un aumento del déficit del gobierno jugó un papel clave en prevenir que la crisis de 2008 fuera una réplica de la Gran Depresión.

¿Por qué no usar más gasto del déficit para impulsar una recuperación completa?

Esa es una pregunta que merece consideraciones más serias de las que ha recibido hasta ahora.

Dejando de lado las cuestiones políticas, si crees que el gasto del déficit es una manera efectiva de reducir el desempleo –como lo hacen claramente, por ejemplo, Roubini y Mihm– ¿por qué no abogar para que se siga hasta el final y gastar lo suficiente para restaurar el pleno empleo?

Y sin embargo, es una recomendación que pocos economistas han estado dispuestos a hacer. En cambio, hasta los que tienen una visión claramente keynesiana de cómo funciona la economía tienden a obstaculizar el seguimiento de esa visión hasta su conclusión lógica.

De acuerdo a Ryan Lizza de The New Yorker, en diciembre de 2008 Larry Summers preparó un memorándum para el presidente electo que defendía al estimulo fiscal como recurso contra la recesión, pero luego explícitamente rechaza la idea que el estímulo debe ser lo suficientemente grande para restaurar el pleno empleo.

Summers sostiene que demasiado gasto puede crear preocupaciones sobre la posición fiscal del gobierno a largo plazo, y por lo tanto resultar en un aumento escalado en los costos de los préstamos de Estados Unidos. El libro Crisis Economics, de Roubini y Mihm también parece alejarse, a última hora, de las implicaciones de su propio análisis.

En el capítulo 7, titulado “Spend More, Tax Less?”, comienzan a defender el estímulo fiscal keynesiano. Arguyen que el error del New Deal estaba en gastar demasiado poco en la recuperación, y que la Segunda Guerra Mundial terminó con la Gran Depresión precisamente porque llevó al enorme gasto del déficit.

Pero la claridad de su argumento luego se disuelve en una bruma de cautela. Principalmente se enfocan en alertar que el gasto del déficit puede aumentar las tasas de interés.

Saltar hacia adelante

Tales advertencias son, por supuesto, la moda en estos tiempos.

Pero Richard Koo, el director económico del Nomura Research Institute, no quiere saber nada de esto. En un momento que requiere que la austeridad fiscal sea el último grito, Koo toma una postura diferente.

La mayoría de los economistas que analizan la experiencia de Japón en las ultimas dos décadas la usan como una historia con moraleja: año tras año, con grandes déficits de presupuesto y aumentando consistentemente la deuda, pero sin una recuperación total. Sin embargo, Koo considera a Japón una historia de éxito calificada.

En su opinión, el desastre financiero que ocurrió cuando explotó la burbuja económica de Japón en los 80 fácilmente pudo haber conllevado una depresión.

Sin embargo, Japón logró evitar ese destino. La clave, sostiene, eran esos déficit tan maldecidos de la brecha fiscal de Japón, y declara, “el perfecto ejemplo de un buen déficit” fue lo que sostuvo la economía mientras el sector privado gradualmente restauró sus hojas de balance.

La única vez que la política económica japonesa salió mal, en opinión de Koo, fue cuando los legisladores intentaron regresar a la ortodoxia presupuestaria, desatando una nueva recesión.

Koo sostiene que hoy, con el mundo en su totalidad sosteniendo una hoja de balance en recesión, precisamente los gobiernos de las grandes economías necesitan incurrir en grandes déficit fiscales, y seguir haciéndolo hasta que el sector privado esté listo para gastar de nuevo.

Sólo entonces, cuando la economía ya no dependa del sustento del gobierno, sería apropiado girar hacia la reducción del déficit.

¿Pero es cierto que los gobiernos pueden seguir prestando y gastando?

Sí, dice Koo: como el mundo que vio Keynes en los 30, el de hoy está inundado de ahorros sin lugar para colocarlos: “Hasta en los países con ahorros reducidos, tales como Estados Unidos y el Reino Unido, la recesión actual es el resultado del ahorro incrementado del sector privado, en un momento cuando no hay suficientes prestatarios para cubrir todo.

En otras palabras, el ahorro necesario para financiar el gasto del déficit generalmente se genera domésticamente. Tampoco hay el riesgo de abarrotamiento; las instituciones financieras estarán felices de prestarle cien dólares al último prestatario que quede”.

Esto es, sobra decirlo, una visión contraria a la sabiduría convencional actual … pero en estos días, la sabiduría convencional se ve muy tonta.

Desde que comenzó la crisis hay personas de la clase dirigente advirtiendo que los mercados de bonos están a punto de perder la fe en las naciones con grandes déficits presupuestarios; sin embargo, las tasas de interés siguen cayendo en vez de subir.

En este punto, todos los gobiernos de los grandes países avanzados pueden pedir prestado a largo plazo con una tasa de interés menor al 3 por ciento. Estas tasas a largo plazo tan bajas muestran que los mercados no están preocupados si los déficits presupuestarios actuales socavarán la viabilidad fiscal de estos gobiernos a largo plazo.

Las tasas bajas también sugieren que no existen obstáculos ante una política que apoye la economía con gastos temporales del déficit, bien sea que el gasto se haga en inversiones de infraestructura, ayuda al desempleado o descuentos a los contribuyentes.

Tales caídas en los intereses, según nos dice Koo, son exactamente lo que debemos esperar dada la experiencia de Japón: incluso mientras subía la deuda japonesa, el retorno sobre los bonos del gobierno japonés cayó continuamente.

Esto ocurrió a pesar de las advertencias de los reformistas fiscales de todos los colores, que sostenían que las tasas de interés japonesas se dispararían al cielo y llevarían a la economía al desastre. Sus guiones sobre la debacle nunca se realizaron. Las tasas de interés siguieron bajas, sostiene, porque durante el bajón de la hoja de balance japonesa los prestamistas privados no estaban compitiendo con el gobierno por los fondos.

A nuestro parecer, Koo plantea su punto persuasivamente. Desafortunadamente, no es un caso que actualmente logre avanzar en la política norteamericana.

En particular, en este momento hay cero posibilidades de conseguir un estímulo significativo a través del Congreso estadounidense, mucho menos el tipo de estímulo grande y multinivel por el que aboga Koo. Entonces, ¿habrá políticas alternativas que al menos puedan ayudar a promover la recuperación?

Si quedan algunas opciones, probablemente requieren trabajo de los bancos centrales, especialmente la Reserva Federal.

Como ya hemos notado, la política monetaria convencional ha llegado a su límite. Pero todavía puede haber espacio para políticas monetarias no convencionales.

Los propulsores de la política no convencional con frecuencia citan una crítica de 1999 contra el Banco de Japón, escrita por nadie menos que Ben Bernanke en sus días anteriores a la Reserva. Tal como la Reserva actual, el Banco del Japón había llevado la política monetaria convencional al límite.

Pero no se le habían agotado las opciones, según Bernanke: “Lejos de estar impotente, el Banco del Japón podía lograr mucho si estaba dispuesto a abandonar la cautela excesiva y su respuesta defensiva ante la crítica.” Como muchos han notado, lo mismo puede decirse sobre la Reserva hoy en día.

¿Qué podría hacer la Reserva?  No puede obligar a bajar tasas de interés a corto plazo sobre la deuda gubernamental.

Pero puede tratar de reducir otras tasas de interés.

Las tasas de interés sobre la deuda gubernamental a largo plazo normalmente contienen una prima por desactivar sus fondos exigida por los inversionistas; la Reserva pudiera reducir las primas y por ende, las tasas a largo plazo, comprando la deuda de largo plazo del gobierno directamente.

Las tasas de interés sobre la deuda privada normalmente requieren una prima adicional, por la posibilidad de mora; de nuevo, la Reserva pudiera reducir esta prima comprando esa deuda directamente (compras de bonos tan poco convencionales se han visto, sorprendentemente, como “descongestión cuantitativa.”)

La Reserva también pudiera intentar cambiar las expectativas, anunciando su intención de mantener bajas las tasas de interés a corto plazo durante un buen tiempo.

Y hay un caso fuerte, en teoría, para subir la meta de inflación de la Reserva. Hoy en día, se cree que la Reserva generalmente apunta hacia una inflación del 2 por ciento, lo que quiere decir que los inversionistas creen que comenzarán a aumentar las tasas de interés si la inflación pareciera querer subir por encima de eso.

Aumentar la meta hasta 3 o 4 por ciento haría atractivo prestar, al reducir el verdadero costo del pago, alzando tanto la inversión como el gasto del consumidor. Una inflación más alta también reduciría la carga real de la deuda existente del consumidor, actualmente en un 108 por ciento del  ingreso personal.

Los tres libros reseñados acá, sin embargo, terminan hablando en contra del uso de políticas monetarias no convencionales. Esto no nos sorprende en el caso de Rajan, a quien no parece importarle promover la recuperación.  Es más sorprendente en el caso de Roubini-Mihm y de Koo, cuyo análisis subyacente pareciera favorecer la acción audaz de los bancos centrales.

En el caso de Roubini – Mihm, el rechazo a las políticas monetarias no convencionales parece unirse con su incapacidad de seguir la lógica de su propio keynesianismo.  Cambios posibles en políticas terminan estando constreñidas por el temor de que los mercados de bonos perderán su fe en Estados Unidos: “Mientras EEUU acumula cargas asombrosas de deuda, algunos de sus acreedores temen que puede tratar de depreciar el dólar deliberadamente al monetizar el déficit…

Si Estados Unidos fuera un mercado emergente, habría sufrido hace mucho el colapso de la confianza en su deuda y en su moneda.” Uno se pregunta cómo saben que los acreedores tienen estos temores, ya que la realidad es que las tasas de interés en Estados Unidos siguen en una baja sin precedentes; uno también se pregunta por qué creen que una caída en el dólar sería algo negativo, porque de hecho sería un impulso para los exportadores norteamericanos y un estímulo para la economía.

Koo, mientras tanto, adopta lo que nos parecen posiciones contradictorias. Sostiene al inicio de su libro que la expansión monetaria y el intento de elevar las expectativas de la inflación futura son inefectivas en una economía con problemas en su hoja de balance.

Luego sostiene, hacia el final del libro, que una relajación cuantitativa amenazaría con crear una amplia inflación.

No estamos seguros de cómo puede creer ambas cosas; tampoco nos queda claro por qué no le parece que una inflación significativa es una manera deseable de reducir la carga, que ha empeorado debido a la deflación (el alza de 72 por ciento en los precios de los consumidores entre 1940 y 1947, que redujo mucho el verdadero valor de la deuda del sector privado, debe ser una gran razón para que la economía estadounidense no vuelva a caer en depresión después de la Segunda Guerra Mundial).

Bombardear la economía

Lo sorprendente, al final, sobre los libros reseñados acá, es que solo uno de ellos -el de Koo- ofrece algún tipo de propuesta para limpiar el desastre económico en el cual estamos.

Y la propuesta de Koo, a pesar de que tiene mucho sentido analítico, no es un impulsador político, pero rechaza cualquier otra idea.

En otras palabras, es difícil leer lo que se escribe actualmente sobre la crisis económica sin un sentido de desesperanza: los economistas ni siquiera parecen estar interesados en resolver el problema continuo del desempleo masivo. Pero el problema persiste. ¿Qué podemos hacer al respecto?

En los meses que siguieron al desastre de Lehman Brothers, los legisladores parecieron entender que habíamos entrado en un mundo en el cual las reglas usuales ya no aplicaban, un mundo en el cual incurrir en enormes déficits presupuestarios era un acto de prudencia y no de locura, en el cual compras de deudas a gran escala hechas por los bancos centrales eran una virtud y no un pecado.

Pero esa comprensión se desvaneció rápidamente. Las políticas no convencionales se necesitan tanto como antes; pero a los legisladores les tiembla el pulso. Exhortados por demasiados analistas políticos, se han revertido a las formas convencionales de pensar.

Este es, obviamente, el caso  de la política fiscal. Desde los pasillos del Congreso hasta los corredores del Banco Central Europeo, la retórica sobre los maleficios de los déficit presupuestarios está a la orden del día.

Los mercados todopoderosos, nos dicen, castigarán a aquellos que no impongan austeridad fiscal extrema aún de cara al altísimo desempleo, a pesar de que, como hemos notado, la realidad de la caída de las tasas de interés no muestra indicación alguna de que vendrán los “escuadrones de bonos” tan temidos –inversionistas que harán una corrida en las deudas de las grandes naciones, disparando las tasas de interés al cielo, a menos que se bajen los déficit rápidamente.

No hay señal de que el gobierno estadounidense, al vender bonos, tenga problemas en pedir prestado para poder financiar el gasto del déficit.

Ni parece que mucha gente pueda estar dispuesta a reconocer la creciente y obvia incapacidad de las políticas de austeridad en aquellos países que realmente han perdido la confianza en el mercado de bonos. Políticas austeras en Grecia e Irlanda han resultado en inmenso desempleo; sin embargo los inversionistas parecen menos dados que nunca a comprar la deuda de esos países.

Como uno de nosotros resaltó, los legisladores supuestamente responsables empiezan a sonar más y más como los sacerdotes de un culto bárbaro, exigiendo sacrificios en nombre de dioses invisibles.

La reversión fuera de tiempo al convencionalismo es menos dramática en el caso de la política monetaria: aquellos que, como Rajan, realmente quieren apretar la política de cara a la inflación descendiente y el desempleo masivo son una minoría.

Pero es difícil escapar el sentido que los bancos centrales, incluyendo la Fed, han caído en la “parálisis auto inflingida” que Ben Bernanke vio en Japón hace una década: la inflación está muy por debajo de la meta y deslizándose hacia la deflación; el mandato legal federal de promover “máximo empleo” claramente no se cumple, sin embargo la política parece congelada.

Entonces, ¿qué recomendamos hacer?

Prácticamente todo lo que pueda estimular la economía. Si es políticamente imposible gastar más en infraestructura, al menos promoverlo y golpear a los oponentes por su obstruccionismo (vale la pena notar que la reciente propuesta del presidente Obama para hacer un banco nacional de infraestructura es muy parecida a una propuesta que ha sido apoyada, nada más y nada menos, por la fuertemente anti Obama Cámara de Comercio).

Recortes de impuesto temporales, dirigidos –como los incentivos temporales para la inversión mercantil también propuesta recientemente por Obama— no son nuestra política preferida, pero son mejor que nada. Y la expansión monetaria debería impulsarse por todas las rutas posibles. Sí, es incierto cuán efectiva puede ser cualquier medida, pero esa no es una razón para no intentarla.

También deberíamos considerar políticas que permiten a los prestatarios reducir la carga de su deuda, tal como permitir que las hipotecas sean cubiertas por procedimientos de bancarrota personal, o, como propuso Bill Gross del fondo de bonos Pimco, permitir que Fannie Mae y Freddie Mac incurran en refinanciamientos de hipoteca.

Aunque el programa de Obama para modificar las obligaciones hipotecarias eran un paso en esa dirección, han fallado ampliamente gracias a las complejas reglas y al cerramiento de los prestamistas—el resultado de su construcción cautelosa. Ciertamente, ha empeorado la situación de muchos prestatarios.

Una última cosa: tal como el desbalance global -el exceso de ahorro creado por el superávit en China y otros países- jugó un papel importante en crear la burbuja inmobiliaria, tiene un rol clave en bloquear la recuperación ahora que la burbuja ha explotado.

Koo tiene razón al decir que el problema esencial de la economía mundial, en este momento, es un exceso de ahorro y la insuficiencia de prestatarios; países que siguen incurriendo en gran excedente comercial en este ambiente -como China y Alemania- están sosteniendo sus propias economías a expensas del resto del mundo.

Lo que esto quiere decir, primero que nada, es que Estados Unidos debería tomar una línea mucho más dura con China de lo que ha hecho hasta ahora; China ha subvaluado su moneda deliberadamente y eso es, pura y simplemente, una política destructiva desde el punto de vista global.

También quiere decir que el resto de Europa necesita empezar a responsabilizar a Alemania: los alemanes pueden verse a sí mismos como modelos, pero sus excedentes después de 2000, inundando el resto de Europa con dinero barato, jugaron un gran papel en crear la burbuja inmobiliaria en las economías periféricas de Europa.

Y la continua confianza que Alemania tiene en el crecimiento dirigido a exportaciones es, de hecho, una estrategia de mendigo ante el vecino, creciendo a expensas del vecino.

La sabiduría convencional del momento subraya el riesgo de acción en cualquiera de estos frentes: fiscal, monetario o comercial.

Pero esos riesgos son hipotéticos y, creemos, muy exagerados. Mientras tanto, todo el mundo parece ignorar los riesgos de permitir que continúe la recesión. La crisis económica que comenzó en 2008 está lejos de terminar. Y si los gobiernos no actúan, lo peor está por venir.

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PAUL KRUGMAN y ROBIN WELLS
© 2010 The New York Review of Books

Princeton University Press
Fault Lines: How Hidden Fractures Still Threaten the World Economy

Raghuram G. Rajan

Penguin
Crisis Economics: A Crash Course in the Future of Finance

Nouriel Roubini y Stephen Mihm

Wiley
The Holy Grail of Macroeconomics: Lessons from Japan’s Great Recession

Richard C. Koo

LA CRISIS Y SUS CONSECUENCIAS.

Miércoles, 12 De Enero De 2011
La crisis y sus consecuencias: ¿Por qué atacan a las pensiones públicas?
nosinmibici.com/2010/10/14/la-crisis-economica-o-de-como-nos-la-han-metido-doblada/
Las causas de la crisis, los orígenes del ataque a las pensiones públicas y la necesidad del rearme ideológico y la movilización general de la clase trabajadora.
Artículo/noticia publicado/a en Kaosenlared.net en el apartado de Libre Publicación NO seleccionada/o por el Colectivo Editorial

En las crisis del mercado mundial, las contradicciones y los antagonismos de la producción capitalista estallan. Los defensores de este sistema, en vez de analizar en que consisten los elementos que entran en conflicto, se limitan a negar la catástrofe misma y, no obstante la repetición periódica, resisten en afirmar que si la producción se ajustara a lo que señalan los libros, nunca habría crisis. Estos discursos falsean los hechos económicos mas evidentes y, sobre todo hacen hincapié en la unidad del sistema, obviando sus contradicciones.”

Karl Marx

Es propio de la economía capitalista el que las decisiones de inversión se tomen a espaldas de los trabajadores y de la masa de los ciudadanos.”

Ernest Mandel

Los trabajadores de Europa nos estamos enfrentando a unos ataques salvajes contra nuestras condiciones de vida y trabajo, dirigidos por la patronal, la banca y los gobiernos de turno. En los últimos 30 años hemos sido sometidos a violentas políticas neoliberales contra el mundo del trabajo, las cuales han conseguido desmantelar el grueso de nuestros derechos y conquistas históricas, estableciendo unas nuevas y dramáticas relaciones entre el capital y el trabajo.

Aun así, la patronal no se siente satisfecha y con la excusa de la crisis quieren profundizar en planes de ajuste reaccionarios contra los derechos sociales, laborales, salariales y las pensiones públicas. Es un ejemplo de la escasa sensibilización que sienten hacia las clases populares y de la ilimitada voracidad del gran capital en cuanto a recortar derechos se refiere.


¿Quién ha originado la crisis?

La crisis no es ningún fenómeno nuevo en la historia del sistema capitalista. No es fruto de ninguna casualidad que en los últimos 35 años el capitalismo haya sufrido una crisis tras otra (127 según el FMI): crisis del petróleo de 1973, segunda crisis del petróleo de 1979-1980, crisis bursátil de 1987, recesión 1993-1994, crisis mexicana y el efecto tequila de 1994, crisis asiática de 1997-1998, crisis de las puntocom, crisis rusa de 1998, crisis argentina de 2001, crisis deflacionaria de Japón, etc.

Todas estas crisis fueron sucedidas por recuperaciones que desembocaron en otra crisis, hasta estallar en la actual y gigantesca crisis actual, que se enmarca en una crisis orgánica y estructural del capitalismo, el cual no ha conseguido volver a índices de crecimiento y tasa de beneficio anteriores a los años 70. No lo han conseguido aun aplicando ataques salvajes contra los salarios y nivel de vida y aun expandiendo el crédito hasta niveles suicidas.

Por tanto, debemos pensarnos seriamente cuando alguien nos diga que depositemos “nuestra fe en la libertad y magia de la economía de mercado”.

Durante las últimas décadas se potenció un tipo de economía que no producía nada y no aportaba nada a la sociedad: la economía financiera, del crédito y bursátil. En vez de potenciar la inversión productiva, los capitalistas invertían en algo que no producía nada: fondos, activos tóxicos, las subprimes, derivados de crédito y los CDO.

Las hipotecas de millones de familias trabajadoras se vendían tomo títulos bursátiles en los mercados internacionales, creando un mercado irreal tremendamente especulativo y peligroso en el que predominaba el secreto bancario, la opacidad financiera y los paraísos fiscales. Es decir, se enriquecían a nuestra costa, pero sin crear riqueza.

La peligrosidad de este modelo económico era visible ante los ejemplos de escándalos como el de Enron o Parmalat. Pero ningún gobierno hizo nada y se continúo echando gasolina a la burbuja inmobiliaria, que convertía al sector de la construcción en el más rentable de todos.

En España este modelo de economía especulativa se concentro en el sector del ladrillo y se potenció hasta niveles desconocidos. Los precios de la vivienda alcanzaron precios completamente desorbitados. Una situación incentivada con ventajas fiscales a las constructoras, la liberalización del suelo y sobre todo la expansión del crédito.

Se profundizaba en una economía mafiosa que funcionaba en torno al préstamo, el endeudamiento y la mentira. La deuda de los gobiernos, las empresas, los bancos y las familias alcanzaron niveles inéditos. La cartera de activos de los bancos, que respaldaba la concesión de créditos, estaba sobrevalorada por los precios desorbitados de las viviendas.

Esta situación insostenible exploto a finales del año 2007, cuando se puso fin a un periodo de expansión económica, y una grave crisis económica comenzó a azotar al planeta. El estallido de la burbuja ocasionó millones de impagos y el traslado a la economía real. Las viviendas impagadas eran embargadas por los bancos, pero ya no valían nada y se entraba en una espiral destructiva.

El mundo temblaba cuando en EE.UU los bancos Bear Stearns, Merrill Lynch y Citigroup, se derrumbaban. El pánico fue mayor cuando el cuarto mayor banco de negocios del mundo, Lehman Brothers quebraba. Las bancarrotas se instalaban sobre las principales entidades norteamericanas de crédito inmobiliario.

A continuación la mayor compañía de seguros del mundo, American Internacional Group también presentaba serios problemas. El gran capital huía en desbandada del mercado inmobiliario para invertir en el sector del petróleo y los hidrocarburos, provocando terribles alzas de precios. Entonces se nos aseguraba de la necesidad de regular la bolsa y el sistema financiero, para corregir sus excesos. Esto era lo mismo que nos dijeron en el año 2000 tras la crisis bursátil de las puntocom.

El estallido de la burbuja provoco la desaparición de billones de dólares de capital ficticio, que desaparecían de los balances de los bancos y provocaban enormes agujeros. Se producía una crisis de crédito, nadie prestaba a nadie y se creaba un vacío de demanda enorme. Los mismos políticos, Bancos Centrales, capitalistas y gobiernos que no predijeron la crisis y que habían defendido como un dogma durante décadas las privatizaciones, los recortes del gasto público y la no intervención estatal en la economía, empezaron a defender el rescate de los bancos en crisis y a inyectarles cantidades descomunales de dinero público.

Propuestas que meses antes hubiesen sido tachadas de heréticas, ahora eran impulsadas por el gran capital para salvarse a si mismo. El mismo Díaz Ferrán, aparte de explicarnos en mayo de 2009 que “Esperanza Aguirre es cojonuda, cojonuda”, también solicitaba “un paréntesis en el libre mercado” (17 septiembre de 2008).

Resultaba sorprendente la facilidad con la que los mismos gobiernos que negaban la mera posibilidad de partidas presupuestarias adecuadas para sanidad o educación, encontraban cientos de miles de millones para los bancos. Un dinero que no se utilizaba porque los Estados estuviesen preocupados por los empleados bancarios o los hipotecados, sino para salvar a los mismos banqueros que habían provocado la crisis.

Pese a la crisis y gracias al aval del Estado, los grandes ejecutivos continuaron recibiendo grandes bonificaciones e incluso organizaban grandes fiestas ante los multimillonarios planes de rescate. Desde el inicio de la crisis en 2007 hasta 2009, los banqueros y brokers de Wall Street recibieron más de 70.000 millones de dólares en primas. En pleno inicio de la crisis, Merrill Lynch decidió la salida anticipada de su presidente y consejero delgado, Stan Oneal con una indemnización de 160 millones de dólares. Charles Prince, presidente de Citigroup recibió una prima de 12.5 millones de dólares.

Así eran castigados los culpables de la crisis mientras miles de familias estadounidenses se quedaban sin hogar. Por si fuera poco, según estudios de Jorome Duval, las remuneraciones de los directivos estadounidenses apuntan a un nuevo record en 2010 (144.000 millones de dólares). El sexto mayor banco estadounidense, Goldman Sachs, presentaba unos beneficios de 1.810 millones de euros, antes de devolver los 10.000 millones de dólares que recibió del Estado.

Los bancos no fueron los únicos que recibieron ayudas por parte del Estado. El rescate a la aseguradora AIG costó 175.000 millones de dólares al gobierno estadounidense, más aun que el total de fondos para los países pobres. La industria del automóvil también recibió lo suyo, aunque con mas restricciones y exigencia de garantías.

Aun así, basto que el entonces presidente de General Motor, Rick Wagoner suplicara ayudas al Estado ante el Congreso de Estados Unidos hace poco más de dos años, para que el gobierno inyectara 50.000 millones de dólares. El Estado se hizo cargo del 61% de la compañía y procedió a sanearla en un momento en el que se perdía 4000 dólares en cada coche vendido.

En cambio ahora, que se gana 2000 en cada venta, el gobierno estadounidense esta procediendo a su privatización y el pasado 18 de noviembre, General Motors volvió a cotizar en Wall Street. Otras empresas del sector también recibieron ayudas, Chrysler recibo un préstamo del gobierno que ascendía a 4.000 millones de dólares.

El mismo presidente Obama, cínicamente explico hace poco lo que esta sucediendo: “O sea, que estos tíos se reservan unos bonus record porque ganan dinero, y ganan dinero únicamente porque los hemos rescatado” (The Huffington, 29 de agosto de 2010).   Pero mientras criticaba que sus propias medidas eran injustas y beneficiosas para los poderosos, el gasto militar norteamericano en época de crisis continúa con cifras descomunales: en 2009 ascendió a 534.000 millones, casi la mitad del resto del mundo.

Podemos decir algo parecido sobre las 400 personas mas ricas de Estados Unidos, que según la revista Forbes, son un 8% mas ricos que en 2009. La AFL-CIO ha denunciado que mientras el gobierno inyecta dinero a los bancos, los directivos generales de cualquier compañía norteamericana ganan una media de 9.25 millones de dólares. Para colmo el Programa de Alivio de Activos Problemáticos (TARP) cree posible que algunos bancos han podido manipular sus cuentas para acceder a las ayudas públicas.

Esta política de privatización de beneficios y nacionalización de perdidas no es nueva. Tenemos el caso japonés, o más cercano y reciente el ocurrido durante la crisis bancaria noruega de 1988-1992, cuando tres de los mayores bancos del país fueron nacionalizados y después tras ser saneados con dinero público, fueron privatizados.


Gestión de la crisis y el aumento del déficit:

Desde el inicio de la crisis se intensifico una campaña que exigía duros planes de ajuste contra los trabajadores y la inmediata aprobación de reformas de pensiones y del mercado de trabajo, junto con grandes recortes de gasto social. Todos los gobiernos fijaron como prioridad en su agenda la reducción del déficit y deuda pública, así como la restricción presupuestaria.

En cambio, ningún gobierno se propone como prioridad el pleno empleo o aumentar las prestaciones en sanidad o educación. Esta situación se entiende porque el Estado dispone de la libertad de decidir los niveles de gastos o ingresos y la decisión política que   se ha tomado se basa en la reducción del gasto social y en ayudas públicas a la banca privada. Debido a que las movilizaciones ante esta injusta situación han sido escasas e insuficientes, estos planes se están ejecutando sin demasiados problemas y con una momentánea victoria en los objetivos a corto plazo del capital.

Cuando se inicio la crisis económica, España gozaba de superávit y del gasto social y deuda publica mas bajo del grupo UE-15, por tanto la crisis no la ha originado el déficit o la deuda publica, sino al revés, y que por tanto el sistema capitalista no evita las crisis si un Estado tiene sus “sus cuentas en orden”. La Deuda publica española paso del 59.3% del PIB en año 2000 al 36.2% en el año 2007. Afirmaciones con las de Aznar, señalando que la culpa la tiene “las desbocadas políticas socialistas” de gasto público, carecen de cualquier tipo de fundamento.

Las razones del aumento del déficit son varias. Pero en primer lugar hay que señalar que no es lo mismo que un país sea deficitario debido a una inversión en educación, tecnología, innovación y en inversiones públicas y sociales que crean empleo, a que lo esté por gastar en cuestiones antiproductivas y nada rentables.

Por un lado los programas de estimulo anti crisis han sido cortos e ineficaces desde el punto de vista productivo, por lo tanto lejos de lograr un aumento de producción e ingresos, han conseguido lo contrario. Por otro lado las reducciones de impuestos a los ricos aplicadas durante los últimos años han provocado una drástica reducción de los ingresos. El fundamentalismo neoliberal siempre ha recomendado recortar los impuestos a los empresarios y grandes fortunas como estimulo económico.

Algunos han ido más lejos, como George Bush, quien afirmo cuando era presidente que no había que perder el tiempo gravando con impuestos a las empresas, porque saben cómo evadirlos. En el caso de España, datos de Vicenç Navarro señalan que un gran capitalista español paga únicamente el 38% de impuestos que un gran empresario sueco. Además señala que en Alemania los impuestos sobre el capital se redujeron desde 1995 hasta 2009, 26 puntos. A demás el nivel de grabación fiscal de las rentas superiores se redujo 9.5 puntos. En España y Francia la reducción fue aún mayor: 13 puntos.

En Italia el Impuesto de Sociedades bajo 20.8 puntos y el de las rentas superiores 6.1 puntos. Estas reducciones han favorecido únicamente a los grandes capitalistas y nos decían que eran necesarias para no ahuyentar al capital; lo que suponía que en época de bonanza económica los ingresos del Estado disminuyeran, a pesar de aumentar la riqueza. Luego nos hemos encontrado con que estas políticas generaron déficit y un aumento de la deuda pública y hoy podemos ver sus consecuencias.

Otra y más importante razón la encontramos en los planes de rescate anteriormente citados: avales, garantías de depósitos, compra de activos y ayudas a bancos privados, cuya consecuencia era y es un desmesurado aumento del endeudamiento y el déficit.

Este ha sido el resultado de las subvenciones al capital y el rescate del sistema financiero; los riesgos y deudas de los bancos privados son desde entonces colectivos con un arriesgado y enorme coste y sacrificio económico.

De esta forma estas políticas han contribuido a que la deuda privada se convertía en todos los países en una voluminosa deuda pública

Los bancos con la ayuda del Estado se han visto obligados a refinanciar su deuda contraída con bancos de otros países, mediante nuevos préstamos que hay que devolver con intereses cada vez mayores. El resultado es una deuda pública y privada aun mayor que de una forma asfixiante secuestra a los propios gobiernos a la hora de poder tomar decisiones.

Estos planes de rescate también se aplicaron en España y de una situación de superávit pasamos a una de déficit. El gobierno español creo un fondo de 350.000 millones para la banca.  Además el ICO procedió a ayudar con un fondo de 3.000 millones de euros para refinanciar las deudas de las constructoras. Recientemente el gobierno ha aprobado ayudas de 80 millones de euros para las constructoras que son concesionarias de autopistas de peaje privadas.

Mientras tanto los directivos de las constructoras no han visto afectado su bolsillo. Dos directivos de la constructora Martinsa recibieron 3.5 millones de euros mientras estaban dirigiendo una empresa en suspensión de pagos.   El govern de la Generalitat aprobó 500 millones para avales a empresas en febrero de 2009 sin ni siquiera un compromiso para el mantenimiento de los puestos de trabajo. Por ejemplo, la empresa Ficosa, en Barcelona recibió un crédito de 50 millones de euros del Govern y de 21.6 del Ministerio de Industria, mientras despedía a cientos de trabajadores y cerraba plantas de producción.

Por tanto, si se denomina déficit público a la diferencia entre los gastos y los ingresos de un Estado, vemos que los gobiernos han potenciado una disminución de ingresos gracias a las amnistías fiscales a los ricos, y ahora están fomentando un aumento del gasto en las ayudas a la banca y en el pago de los intereses de deuda publica.

En esta situación el déficit en España paso entre el 2008 y 2009 del 4.1% al 11.2%. Y otros países han seguido el mismo camino, Reino Unido paso del 4.9% al 11.5%, Irlanda del 7.3% al 14.3% (actualmente un 32%). Los países con menor gasto social y menor carga fiscal a los ricos (España, Irlanda, Portugal, Grecia) son los países donde hay más déficit, las tasas de paro son más altas y donde la crisis ha actuado con más dureza. Casualmente en estos países se formaron las burbujas inmobiliarias más salvajes.


Planes de ajuste y contrarreformas:

Gramsci tenía razón cuando decía que la clase burguesa gobierna sus intereses vitales fuera del parlamento. Los planes de ajuste están siendo patrocinados e impuestos por el FMI y el BM, cuyas decisiones se toman antidemocráticamente, ya que los países del G7 tienen casi tantos votos como el resto de 170 países del planeta. Es decir: a mas dólares, mas votos.

El director de Asuntos Monetarios del FMI, ya advirtió hace poco de una forma poco amable que “Los mercados van a castigar seriamente a los países que no cumplan, con el consiguiente perjuicio para familias y empresas y el aumento del paro” (Publico, 11 de octubre de 2010).

El problema es que no hay una sola evidencia científica que demuestre que aplicar los planes de estos organismos financieros internacionales resuelva algunos de los problemas de un país. Allá donde se han aplicado los dictados del FMI, la pobreza y las desigualdades sociales han aumentado. Basta mirar a África y Latinoamérica.

Allí el problema de la deuda se intento solucionar aplicando duros planes de ajuste y alargar plazos de pago e intereses, que solo han conseguido perpetuar la pobreza. Incluso los expertos y economistas burgueses aseguran que las políticas de ajuste están retrasando el crecimiento económico.

Irlanda, país en el que el precio la   de la vivienda creció un 270% entre 1996 y 2006, presento serios problemas económicos y la UE aprobó un plan de rescate de 85.000 millones de euros a un 6.7% de interés (el de Grecia fue de un 5.2%), de los cuales 35.000 son destinados a la banca, la responsable del hundimiento de la económica irlandesa.

Estas ayudas ya han provocado un aumento del 20% del déficit público. El gobierno irlandés recibió ese dinero prestado a cambio de aprobar un segundo plan de ajuste en tan solo dos años que consistía en: elevar la edad de jubilación a 68 años, subir el IVA al 23%, crear nuevos impuestos (mantenerlos congelados a los ricos), rebajar un 11% el salario mínimo, recortes de subsidios a las familias, subida de las tasas universitarias de 500 a 2000 euros anuales, reducción de un 10% en las pensiones, despido de 24.750 funcionarios, etc.

Otros planes parecidos se han aplicado en países de Europa del este. En Rumania el FMI concedió un préstamo a cambio de recortar un 25% el salario de los empleados públicos y un 15% las pensiones; además de la promesa de cierre de 150 hospitales.


Deuda pública y privada:

Los planes de ajuste se justifican como medidas ineludibles para reducir el déficit y hacer frente al pago de la deuda.

En el fondo esto significa que algunos Estados y bancos deben desmesuradas cantidades de dinero por préstamos o intereses derivados de la compra de bonos de deuda publica.

Los compradores de deuda exigen la más estricta austeridad y cumplimiento de sus dictados.

Como si una persona presta dinero a su vecino y le exige que corte Internet, gas y luz como garantía de cobro.

En el caso que analizamos significa que los bancos alemanes o franceses exigen someterse a sus criterios a todo aquel que necesite de su dinero.

En ocasiones estos criterios significan la reducción de 600 millones de euros en partidas para los hospitales públicos en Grecia, u otras medidas como las citadas anteriormente.

Todo lo que sea necesario para que los deudores paguen. Por lo tanto los rescates y planes de ajuste de Grecia, España, Irlanda o Portugal, supone asegurar a los bancos alemanes y franceses el cobro de sus inversiones y préstamos en Grecia.

Los mismos bancos que crearon la crisis echando fuego a la burbuja del ladrillo, han dirigido sus capitales a la compra de la deuda pública, al considerar que la compra de bonos al Estado es un negocio seguro.

El economista Juan Torres lo explica así: “Como la banca compra especulando, encarece la deuda, pone en aprietos a los gobiernos y los obliga a constantes medidas de ajuste, como las presentadas en España” y añade “Los bancos ganan dinero y luego se aseguran el pago de las deudas con los rescate” por lo que asegura que “la deuda es el negocio de la banca” (Publico, 3 de diciembre de 2010, pagina 3)

En nuestro caso más próximo, la banca española debe 548.000 millones de euros, y durante el año 2011 España debe afrontar vencimientos de deuda publica y privada por valor de 180.000 millones de euros, de los que 75.000 millones deberán ser devueltos antes del próximo mes de abril (datos calculados por el director del Centro del Sector Financiero de Pwc, Luis de Guindos).

Financial Times refiriéndose a esta situación ha indicado que debido a estas ingentes cantidades de dinero, un plan de rescate alcanzaría para España alcanzaría cifras de 420.000 millones de euros.

El contexto para hacer frente a la deuda es desalentador. Ya que estas operaciones no están exentas de complejidad. Uno de los factores que complican los pagos la encontramos en la prima de riesgo, que no es mas que el sobreprecio que exigen los inversores por comprar deuda de un país frente a la alemana.

Es decir es dinero que exigen los inversores en compras de bonos y deuda publica a países de dudosa estabilidad financiera. Cuantas más sospechas existan de que un Estado no puede hacer frente a su deuda, más se dispara la prima de riesgo, los intereses a pagar y el seguro de hipotético impago.

Un problema añadido lo encontramos en como y quien calcula la denominada prima de riesgo. Actualmente un bono español a 10 años renta al 5.45% de interés). En cambio un bono alemán a 10 años renta solamente al 3% de interés.

Actualmente solo existen tres agencias de calificación importantes: Standard & Poor’s, Fitch y Moody’s. Los denominados “agentes financieros” pagan a estas agencias para que realicen estudios sobre los valores que se negocian, invierten o deben.

La calificación de estas agencias tiene una influencia poderosísima a la hora de fijar la prima de riesgo. Sus informes son aceptados como dogmas en los mercados financieros pese a que no han dado una desde que se crearon.

Estas agencias son las mismas que no predijeron la crisis, las que pusieron sobresalientes a las hipotecas subprimes y créditos CDO; y las que aseguraban hace bien poco que Irlanda y Grecia habían resistido sus “pruebas de estrés”. Aun así, nuestra ministra de Economía las califico como “muy profesionales” (Publico, 2 de octubre de 2010).

En cualquier aspecto de la vida cotidiana, cuando alguien se equivoca repetidamente, se tiende    a ignorarle. Por ejemplo, si el meteorólogo de un canal de televisión nunca predice el tiempo correctamente, nadie creerá o tomara en serio sus análisis.

Pero en el mundo de las finanzas las agencias de calificación aumentan su poder, pese a todo lo que mienten y equivoquen. Seria cómico sino fuera porque este juego afecta a la calidad de vida y al bienestar de millones de personas.

En la actualidad, todos los defensores del capital aseguran que estas agencias realizan un buen trabajo por la transparencia en el sector financiero, pero ellos mismos nos aseguraron que esta transparencia existía en los años anteriores a la crisis y se siguen dotando de los mismos vicios y herramientas que antes.

Por lo tanto el concepto de “transparencia financiera” debe ser acogido con mucha cautela. Lo que en realidad hacen estas agencias es decir lo que quieren escuchar sus clientes.

Hay un dicho que dice “el que paga al flautista elige la melodía”, y los banqueros alemanes pagan a estas agencias para escuchar discursos catastróficos sobre determinados países para que se apliquen duros planes de ajuste y continúen recibiendo con más cantidad y seguridad sus ingresos en concepto de deuda.

Esta cantidad será mayor porque  la pérdida de confianza de los mercados obliga a un Estado a aumentar el interés que ofrece en sus emisiones de deuda pública, si es que quiere tener compradores.

Es decir, cuanta mas desconfianza y miedo exista hacia un país, mas gana un inversor en deuda soberana de un país, por tanto los inversores se dedican a sembrar el pánico para llenarse los bolsillos.

Capitalismo y especulación:

Queda de manifiesto que la especulación es un fenómeno estructural en el capitalismo actual. Durante la burbuja inmobiliaria, la vivienda se convirtió en un bien de inversión muy rentable, y no un lugar para vivir.

La deuda soberana son los títulos (letras del tesoro, bonos y obligaciones a plazos) que emite un país para captar dinero en los mercados con el que financiar sus gastos.

Pero actualmente la deuda pública no se considera una herramienta para poder invertir en equipamientos sociales que satisfagan las necesidades humanas o en investigación y tecnología que potencien la creación de riqueza y puestos de trabajo, sino en un negocio.

Y este se basa en hacer dinero con los títulos de deuda soberana, jugando a encarecer los tipos de interés de la deuda pública de Grecia, Irlanda, Portugal y España, aun a costa de desestabilizar completamente al euro.

Los especuladores atacan al mismo tiempo un determinado mercado o valor  para conseguir dinero gracias a las caídas que ellos mismos generan con sus agresivas operaciones con grandes cantidades de dinero. Cuanto mas consiguen hacer caer un valor, más ganan.

Además atacan a los seguros de impago de deuda de Estados, bancos o empresas, lo que es interpretado como un riesgo de quiebra en un país. Estas operaciones pueden repetirse varias veces en un mismo día y tienen como resultado que el seguro que paga España u otro Estado por riesgo de impago se encarezca en descomunales sumas de dinero en semanas, días e incluso horas.

Los gobiernos europeos se quejan de los ataques especulativos, pero a su vez son firmes defensores de la libre circulación de capitales que alientan estos ataques, junto con la opacidad del sistema financiero, el secreto bancario, paraísos fiscales, etc.

Los propios gobiernos han contribuido a esta espiral de economía mafiosa que golpea en todo el mundo. Las multinacionales tienen tanto poder y viven al margen de las leyes e impuestos gracias a las políticas y leyes gubernamentales, que limitan a la propia capacidad de un gobierno para controlar su propia economía.

No han puesto ninguna objeción a que se haga negocio con los titulo de deuda, se juegue a encarecer los tipos de interés o se desestabilice el euro.

Asumen la deuda como legitima aunque sea socialmente insoportable y políticamente desestabilizadora, para satisfacer las demandas de la banca. Quieren intentar pagar una voluminosa deuda pública sin combatir el desempleo, sin producir riqueza y sin inversiones productivas. Creen que con planes de ajuste y ahorro basta pasar salir del atolladero.

Aunque también aseguran que realizan esfuerzos para potenciar las exportaciones, pero como dice Vicenç Navarro: “El modelo exportador, a la larga, no se sostiene si todos los modelos económicos de los países de la UE se basan en la exportación como el mayor estímulo económico. Para que un país exporte, se requiere que haya otros que importen. Si todos exportan el sistema no funciona”.

La crisis de 1929 conoció una mejora en 1934-1935 y una recaída brutal en 1937-1938. Tal y como los gobiernos se enfrentan a la crisis que ellos mismos han creado no seria descartable un panorama parecido.

La salida de la crisis esta complicada porque continua habiendo deuda por todas partes (ayuntamientos, comunidades autónomas, bancos, empresas, Estados, familias, autónomos, etc.) y parece que la economía aun esta lejos de quedar saneada.

Los bancos continúan enfrentándose a impagos y cada vez coleccionan más pisos en su poder, muchos de ellos obtenidos como donación de pago por constructoras en la ruina.

Financiarización y gestión de la deuda:

El gobierno español, copiando las pautas que sus colegas europeos, está supeditando toda la política económica y social en garantizar el pago de la deuda y aceptar los dictados del capital. En esta línea, el Estado continúa avalando a los bancos en sus operaciones financieras.

Por ejemplo el pasado 16 de noviembre Caja Murcia coloco 500 millones en deuda a tres años con avales del Estado. El plan de avales a la banca se ha prorrogado cuatro veces desde su puesta en marcha a finales de 2008 y los bancos privados podrán emitir bonos con el respaldo del Estado al menos hasta el próximo mes de junio.

La presión de la banca puede que consiga prorrogar estas ayudas aun más debido a las grandes sumas de dinero que deben las entidades financieras privadas.

Por ejemplo, el Banco Santander debe pagar 27.300 millones de euros en 2001, y 35.900 millones en 2012. Este es un problema que afecta a todos los gobiernos, ya que la deuda mundial que se necesita refinanciar alcanza los cuatro billones de dólares y ningún gobierno ve el momento de retirar los avales estatales a los bancos privados, lo que a su vez aumenta aun mas el endeudamiento y se intensifica una espiral suicida.

La Comisión Europea, la misma que propone jubilarnos a los 70 años y reducir el gasto público, propone mantener y aumentar estas ayudas.

Por lo visto no es viable el sistema publico de pensiones pero si lo es avalar indefinidamente con cientos de miles e millones a la banca.

Evidentemente los bancos que no necesiten urgentemente ayudas no tendrán el mismo ánimo u opinión que los bancos en una situación ruinosa, por lo tanto es difícil predecir que pasara.

Mientras el Banco Santander solicita el fin de las ayudas por que percibe que solo la competencia las utiliza y se beneficia de ellas, en cambio el banco holandés ING exige la continuidad de los avales.

Zapatero, en su aparición pública el pasado 30 de diciembre aseguraba que la recesión mundial se debía al modelo económico basado en la financiarización y endeudamiento. No es el único gobernante que lo reconoce, pero a su vez todos participaron e incentivaron ese modelo de financiarización.

Este término se refiere al creciente y sistemático poder de las finanzas y de la ingeniería financiera en todas las esferas de la vida. Robin Blackburn explica como la financiarización estimula a los hogares a comportarse como empresas, a las empresas a comportarse como bancos, y a los bancos a hacerlo como hedge funds (bancos especializados en ventas a corto plazo, tomando prestados títulos y valores para venderlos a terceros).

En 1948, los beneficios generados por las firmas financieras representaban el 7% del total de los beneficios en Estados Unidos. En 2004, la proporción se había incrementado hasta el 34%, y en 2007 hasta un 40%.

Los gobernantes actuales alabaron este modelo económico, por tanto ahora no se merecen la más mínima confianza o credibilidad en sus recetas para salir de la crisis. Unas recetas que no son nuevas, son las mismas que lleva aplicando el capital en las últimas décadas, pero que ahora se aplican más agresivamente.


Una salida antisocial más a las crisis: la reforma de las pensiones:

Cuando se utiliza el término “Reforma”, en teoría podría significar una alteración o transformación de una legislación vigente tanto para bien como para mal.

En cambio en las últimas décadas todas las reformas laborales y de pensiones han estado destinadas a atacar y recortar derechos de trabajadores, pensionistas y parados. Un problema añadido lo encontramos en que estas reformas, además de no llevar contrapartidas (lo cual tampoco se justificarían) se aprueban alegando un sacrificio en pro del futuro, pero ningún retroceso social es derogado una vez se supera la crisis y vuelve el crecimiento económico. En todo caso lo que ocurre es que a un ataque le sucede en el tiempo otro aun mayor.

En la actualidad nos encontramos ante otra reforma de las pensiones. Los trabajadores estamos desgraciadamente acostumbrados a ellas, y no es la primera vez que el PSOE aprueba una reforma de pensiones regresiva.

Los historiadores deberían recordar lo que otros han olvidado, porque desgraciadamente muchos han olvidado que el PSOE no tiene un programa distinto al de la derecha desde hace muchos años. Lejos queda el programa electoral del PSOE (incumplido) de 1982 en defensa de la jubilación a los 64 años.

La actuación más impopular y contestada en la primera legislatura de Felipe González fue la Ley de Pensiones de 1985. La ley  endurecía las condiciones para tener derecho al cobro de pensiones y reducían la cuantía económica de las mismas. Se establecía la obligatoriedad de haber cotizado a la Seguridad Social al menos durante 15 años, frente a los 10 exigidos hasta el momento.

Además se modificaba el sistema de cálculo de prestación en perjuicio  del pensionista. Esta contrarreforma laboral fue respondida por una Huelga General el día 20 de junio de 1985, convocada por CCOO y CNT, pero sin el respaldo de UGT.

A principios de los años 90 los gobiernos de Felipe González y Aznar nos alertaron de que el sistema publico de pensiones no era viable y que la seguridad social quebraría en el año 1995, 2000 y luego 2010.

Pero después nos encontramos con que aquellos pronósticos no se cumplieron, e incluso a día de hoy la Seguridad Social goza de superávit (4.000 millones de euros) y posee un multimillonario fondo de reserva (64.300 millones de euros en 2010).

Incluso el secretario de Estado de la Seguridad Social, Octavio Granado, asegura que la previsión para 2011 asciende a 4.579 millones de euros de superávit.

Aun así nos continúan alertando de que es ineludible una reforma del sistema de pensiones y que lo mejor que podemos hacer es asegurar nuestro futuro de manera privada e individual.

Estos anuncios catastrofistas se enmarcan en un deterioro y desprestigio premeditado de las pensiones publicas por parte del gran capital y de los gobiernos del PSOE y PP.

La campaña desde los años 90 se ha basado en propagar el pánico y la inseguridad hacia la viabilidad de las pensiones publicas para hacer lo mas atractivo posible los planes de pensiones privados.

Esta es una estrategia que el capital aplica con la sanidad: deteriorar conscientemente el servicio público sanitario para que la gente opte por los seguros médicos privados que evitarían listas de espera y otros problemas de la sanidad pública.

Lo mismo se hace con el sistema educativo, cuyas clases se masifican para deteriorar el servicio y la calidad frente a las escuelas privadas.

Y no digamos con las escasas e inalcanzables residencias públicas, que no son potenciadas lo mas mínimo, sino es para propagar algún escándalo o bulo sobre malos tratos a los ancianos.

Por eso el cuidado de los mayores actualmente es un cargo familiar y no estatal, lo cual suele significar que las residencias privadas tengan más ingresos.

Es decir, quieren mercantilizar todas las facetas de la vida diaria y nos dejan bien claro que en la sociedad capitalista cuanto más dinero tengas, mejor se te atenderá, con más atención y con el personal más cualificado. Por tanto, nos indican que nos olvidemos cuanto antes de la seguridad social y el paternalismo estatal.

Llegado a este punto, ya tenemos al principal beneficiado e impulsor de las contrarreformas en materia de pensiones: la banca. Los banqueros tienen muchos intereses en juego y cuantiosas sumas de dinero que ganar.

Por esta razón están utilizando toda su influencia política, y esta es tan importante que desde hace mucho la propia banca condiciona el pensamiento económico y las políticas económicas a aplicar en el país. Su objetivo es que todos vayamos corriendo para hacernos un plan de pensiones privado

En ningún medio de comunicación aparecen análisis o alternativas diferentes de las que defienden los portavoces de la banca.

Únicamente, se nos invita a participar en una asociación desigual con las entidades financieras en una táctica privatizadora, impulsada por influyentes grupos de presión.

Pero este sistema, a parte de caro e injusto, resulta muy arriesgado. Las empresas apuestan por planes privados de renta variable, de los cuales luego intentan desvincularse.

De hecho, algunas quiebras en materia de pensiones pueden ser lucrativas para empresarios y banqueros, pero ruinosas para trabajadores que hayan invertido buena parte de sus salarios y ahorros durante toda su vida.

Podemos citar muchos casos, como el caso Maxwell, un magnate de la prensa británica, que en 1995 robo 400 millones de libras de los fondos de pensiones financiados por las empresas de las que era dueño.

Es decir, que se producen conscientemente bancarrotas empresariales para deshacerse de las obligaciones contraídas en materia de pensiones.

Pero están bancarrotas son deliberadamente ocultadas, porque de lo contrario quedaría en evidencia que al final los planes de pensiones públicos son en realidad mas seguros que los privados.

¿En qué consiste la reforma?

El capital advierte de que el sistema publico de pensiones en inviable debido a que el envejecimiento de la población hace insostenible el actual modelo de pensiones publicas, al que consideran demasiado generoso, aun siendo el país de la UE-15 que menos gasta el pensiones y donde mas bajas son.

Además nos aseguran que para salir de la crisis y “ganarnos la confianza de los mercados” debemos emprender una reforma de las pensiones ambiciosa.

Así han procedido cantidad de gobiernos y la edad de jubilación esta subiendo en: Alemania, Austria, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Suecia, Grecia, Republica Checa, Irlanda, Francia, Italia, Lituania, Hungría, Malta, Rumania, Eslovaquia y Reino Unido.

El FMI, la Comisión Europea, la OCDE, etc., han recomendado alargar la vida laboral obligatoria hasta los 70 años y reformar drásticamente los cálculos de cómputo de pensiones para que estas sean mas bajas.

El gobierno, asumiendo los argumentos de la derecha, la banca y los capitalistas, pretender aprobar una reforma acorde a sus intereses y pensamientos. Esta reforma se basa en retrasar obligatoriamente la edad de jubilación de 65 a 67 años.

Esta media estaría aplicada completamente en el año 2026 y se calcula que esta medida significara 500.000 puestos de trabajo menos disponibles para las nuevas generaciones.

También se propone aumentar el cálculo de cómputo de pensión de 15 a 20 o 25 años, lo que supondría una diminución de la pensión de entre un 3 y un 20%.

Además se baraja la posibilidad de aumentar de 35 a 38 o 40, los años de cotización para alcanzar el 100% de pensión. Esta es la reforma que el gobierno quiere aprobar por decreto y con el único respaldo de la patronal, algo que el mismo presidente Zapatero prometió que jamás ocurriría.

Al igual que nos aseguro que la crisis no la pagarían los trabajadores y que no era necesaria ninguna reforma laboral debido a que la crisis no tenía un origen laboral.

Con estas medidas vemos que el peligro real lo encontramos en como sobrevivirán los futuros ancianos en un país en el que a día de hoy las pensiones ya son ridículas. Esta es una reforma que no tiene en cuenta a los trabajadores, ni a su ocio, salud, vida personal y familiar. Afecta negativamente a todos los trabajadores y pensionistas.

Vemos una vez más como las reivindicaciones empresariales son aceptadas. No están satisfechos de haber conseguido que España sea uno de los países europeos con mayor número de centros educativos y sanitarios privados, también quieren liderar el ranking de planes de pensiones privados.

Las recomendaciones de la Comisión Europea y el FMI tienen una influencia y resonancia enorme en el gobierno.

No ocurre lo mismo con las recomendaciones que realizo el pasado mes de diciembre el Consejo de Europa, en cuyo informe se suspendía a España en: condiciones de trabajo, remuneraciones decentes, derecho a organizarse, negociación colectiva, información y mejora en las condiciones de trabajo.

El consejo advertía que el salario mínimo español es “manifiestamente injusto” e “insuficiente”.

El gobierno prefiere escuchar a los de siempre y a lo de siempre. Un ejemplo lo encontramos el pasado 27 de noviembre, cuando Zapatero recibió a dirigentes de las 37 mayores empresas del país, frente a los que se comprometió para aprobar cuanto antes la reforma de las pensiones.


Una ineludible labor pedagógica: argumentos contra los ataques a las pensiones públicas:

La banca y los gobiernos estudian de que manera atacar a las pensiones publicas en toda Europa. Nos aseguran que para favorecer la salida de la crisis y evitar la quiebra de la seguridad social se deben recortar las pensiones.

Es un insulto para los trabajadores que tengamos que escuchar semejantes afirmaciones. En anteriores crisis capitalistas ni siquiera existían las pensiones y los Estados consiguieron salir de la recesión.

En primer lugar tendremos que preguntarnos si el peligro de quiebra es real. En realidad hasta algunos de los más fundamentalistas del neoliberalismo aseguran que las pensiones no estarán en peligro hasta dentro de 30 o 60 años.

Ya nos encontramos con la primera contradicción, ya que los mismos que se muestran muy preocupados por la viabilidad de las pensiones en el año 2060, se muestran pasivos frente a los riesgos que acarrea el cambio climático, el efecto invernadero y sus consecuencias.

Según expertos del Foro de Vulnerabilidad Climática, se prevé que cada año se pierdan 150.000 millones de dólares por el calentamiento e incuso cinco millones de muertes hasta el 2020.

Sin embargo ningún gobierno se toma en serio el problema para tomar medidas contra un fenómeno, que si representa un grave problema para la actualidad y mas aun para el futuro próximo.

Pero pese a no existir evidencia científica de lo primero y si de lo segundo, misteriosamente se interesan únicamente en “resolver” el problema de las pensiones.

Uno de los argumentos mas utilizados por los esbirros del capital es que la esperanza de vida ha aumentado y que por lo tanto al haber más ancianos, no podemos pagar pensiones a todos sin endurecer su acceso y cuantía.

Es cierto que la esperanza de vida ha aumentado, pero se debe en buena parte, a que en los últimos 50 años la disminución de la mortalidad infantil y juvenil ha sido enorme.

En periodos históricos anteriores la mortalidad infantil provocaba una escasa esperanza del nivel de vida. Lo podemos explicar con un ejemplo practico: si en un pueblo en el que viven dos personas, una muere al nacer y otra a los 80 años, tenemos una esperanza de vida de 40.

Además el argumento de que la esperanza de vida ha aumentado es un arma de doble filo, ya que también ha aumentado sustancialmente la productividad y el PIB, por tanto se dispone de muchos más recursos que antes para gastar en pensiones y en otros asuntos.

Por tanto cada punto porcentual de PIB corresponderá a una cifra mayor expresada en dinero dentro de 50 años.

Por ejemplo el PIB en Francia ha crecido un 45% entre 1983 y 2010. Son datos y análisis proporcionados por Vicenç Navarro, como el que asegura que el aumento de la productividad laboral española entre 1979 y 2009 fue del 79%. Aun así nos alertan de que el dinero que se gastara en pensiones dentro de 40 años podría alcanzar el 13% del PIB.

En Italia actualmente se gasta más de un 14% y no percibimos ninguna catástrofe por ello. A demás, Vicenç Navarro también señala que hace 50 años España gastaba un 3% del PIB en pensiones, y ahora un 8% con superávit en la seguridad social.

Ante estos datos debemos preguntarnos: ¿Qué evidencia existe de que la austeridad significa la recuperación económica? No hay ninguna, pero el dogma económico neoliberal se sustenta a base de fe y sin evidencias empíricas.

Por ejemplo: el FMI y UE preveían una caída del PIB para el año 2009 de un -5% para Letonia, finalmente fue un -18%. También preveían una caída del -1% para Irlanda y finalmente fue un -10%. Si no son capaces de pronosticar el comportamiento de una economía de un país báltico a corto plazo,   ¿cómo se atreven a pronosticar empresas mayores?

Si que es una afirmación innegable que existe un fuerte incremento demográfico. A una persona con conciencia social que observa que este fenómeno va acompañado de problemas estructurales como el hambre y la desnutrición, le debe preocupar que se pongan los medios para alimentar a toda la población del planeta, y esto no ocurre, ni ha ocurrido antes.

En cambio no hemos visto que los gobiernos se reúnan y tomen medidas drásticas contra el hambre, problema del que si existen hechos probados.

Los Estados únicamente responden poniendo restricciones a la producción de alimentos para evitar excedentes, incluso pagando a los agricultores para no producir. Es decir, que se determinan unos niveles de gasto y unas prioridades que no se corresponden con las necesidades humanas.

En la prensa oficial abundan los artículos de “expertos” en materia de pensiones en los que la diversidad ideológica y la variabilidad de propuestas brillan por su ausencia.

Todos son unánimes al señalar la urgencia en recortar derechos laborales y en materia de pensiones. El jurado del premio Nobel de Economía rara vez galardona a críticos progresistas del capitalismo, no ha sido así con los defensores de la nueva económica y el neoliberalismo.

En resumidas cuentas: se disuade al pensamiento crítico, mientras se sigue el guión de la derecha norteamericana. Las alternativas a los planes de ajuste, no solo son ignoradas, sino consideradas estúpidas.

En cambio hay otros y mejores especialistas en la materia que dan argumentos y salidas distintas para los temas relacionados con pensiones, el problema es que estos se encuentran ignorados en el mundo académico e informativo.

Un buen ejemplo lo encontramos en Juan Torres, o Vicenç Navarro (anteriormente citado), quien plantea que no se puede argumentar la insostenibilidad de las pensiones de dentro de 50 años por el aumento del numero de personas en edad de vejez, ya que seria lo equivalente a decir hace cuatro décadas que debido al éxodo rural la producción agrícola estaría en peligro.

Este ejemplo es muy crítico e ilustrativo, debido a que el número de trabajadores en el campo representaba el 18% de la población adulta hace 40 años.

En cambio ahora que representa un 2% del total, la productividad ha aumentado tanto que el campo hoy produce un 30% mas, con solo el 3% de la población dedicada a la agricultura.

Hoy en día un trabajador produce los alimentos que antes producían nueve y quizá dentro de cuarenta años un trabajador pueda mantener a mas pensionistas que ahora.

Es muy difícil predecir el futuro en temas relacionados con la economía o la sociología. Quien se imaginaba hace 60 años en España fenómenos actuales como la inmigración, matrimonio homosexual, Internet o la masiva incorporación de la mujer al mercado laboral.

Otro dogma que debemos de cuestionar es el relacionado con la financiación de las pensiones. No esta escrito en ninguna biblia que la única forma de pagar las pensiones tenga que ser exclusivamente a través de cotizaciones a la seguridad social.

Pueden existir otras formas de financiación, por esta razón la decisión de retrasar obligatoriamente la edad de jubilación y endurecer el acceso a una jubilación, así como su cuantía económica, no es una cuestión técnica, sino ideológica.

Pero aunque nos quieran hacer creer que todos los “expertos” están a favor de tomar las mismas e “ineludibles medidas” en materia de pensiones, hay otros especialistas que recomiendan alternativas diferentes, como Robin Blackburn, quien propone un fondo global para pensiones financiado a través de impuestos sobre las transacciones monetarias internacionales, sobre el combustible utilizado en vuelos internacionales y sobre las transacciones inmobiliarias.


NOTA de CIBERNOTICIAS EXPRESS:

Estamos solos ante el peligro. Sin ayuda no salimos y somos demasiado grandes para ser rescatados.

 

Zapatero está dispuesto a sacrificarse él y sacrificar a media España por salir de ésta. Pero sería un sacrificio baldío.

Vender España po ná. Pobre negocio

Y cuanto más tardemos en ver en que punto estamos. Peor será la solución.

Ni la reforma laboral sirvió para nada, ni los recortes sociales ni mil subidas de luz , gasolina y demás productos sirven para nada.

Porque el problema querido, tonto de los cojones, no son las cuentas del estado sino la de los bancos. Y  es por lo que no hay liquidez en nuestra economía.

Y sin liquidez no funciona ninguna economía.

Si no que se lo digan al Franco de los años cuarenta y 50 o a Cuba y Corea.

Y en ese punto estamos. Que no te enteras.

Conque dejar de tirar el dinero en unos bancos que no sirven más que para tramitar nóminas y nacionaliza de una vez toda la banca podrida y tira el dinero en ella.

Y a través de esos bancos inyecta dinero en la economía.

Y amenaza a la mano que mece la cuna, la pérfida MERKEL, QUE COMO SUBAN ni un solo punto más el interés de nuestra deuda. Ésta no se paga.

A ver quién se hunde antes.

Nadie se cree ya que las cajas necesiten tan solo 20..000 nillones.

La cifra que necesitan triplica esa cantidad y solo para que sus cuentas salgan y se las lleve por la cara limpitas y saneadas el dinero extranjero que se van a hacer con toda España.

 

 

Con ese dinero tiene España y los españoles para que empiece a funcionar nuestra economía.

¿ Qué está antes, sanear las cajas para que se les lleven otros pòr la cara o nacionalizarlas y ayudar al pueblo que lo necesita como agua de mayo?

Y no solo las cajas.

Toda nuestra banca está vendiendo todas sus participaciones en nuestra grandes empresas para poder capitalizarse y también se van a adueñar de ellas los extranjeros por cuatro perras.

Vas a dejar el país esquilmado, endeudado por generaciones y todo para nada.

Tirar dinero en nuestra banca en estas condiciones es simplemente quemarlo.

Creo que es hora de que pensemos seriamente en salirnos del euro, nacionalizar bancos, devaluar nuestra moneda y pagar si se puede la deuda

y si no se puede o si nos vamos a dejar la vida en el empeño

hacer lo que hizo en su día Islandia

http://cibernoticiasexpress.wordpress.com/2011/01/25/islandia-la-revolucion-silenciada/

que se negó a pagar la deuda de sus bancos.

Posdata: No nos valen los políticos corruptos del pp.psoe para mirar por los ciudadanos.

A ellos todo esto se la trae floja. Saben que ocupando sus puestos ya se conseguiran chollos a precio de saldo para seguir con sus corruptelas.

O se moviliza la ciudadanía como en Islandiaa.

O lo llevamos crudo.

Dejemos de mirar para otro lado mientras nos mangonean estos sinverguenzas.

Mirad Túnez, Egipto, Bolivia, Venezuela


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