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Nueve errores de los dictadores del siglo XXI

REVOLUCIONES

Nueve errores de los dictadores del siglo XXI

09/03/2011 | Carlos Salas, María Torrens

Los recientes acontecimientos en el norte de África y Oriente Medio, especialmente las caídas de los regímenes dictatoriales y la guerra en Libia, ponen en evidencia los prejuicios de algunos dirigentes que no han entendido el progreso de la historia en el siglo XXI.

[ 24 ] 9 errores de los dictadores del siglo XXI (cito el 1º: paro, falta de …
  1. Paz no significa bienestar. TúnezEgipto y Libia disfrutaban de situaciones sociales pacíficas que escondían un gran malestar: paro, falta de salidas profesionales, bajos ingresos.Es el caldo de cultivo de las rebeliones.
  2. Los jóvenes saben más de lo que piensas. Conectados a internet, los jóvenes de las grandes ciudades eran la parte de la población más y mejor informada. Cuando ven que tus policías matan a golpes a un ciudadano (Túnez), leen la corrupción de tu gobierno –que ya sospechaban- gracias a los cables de EEUU filtrados por WikiLeaks (Egipto) y cuando ven que los demás pueden rebelarse (Libia, JordaniaBahréin, Argelia, Marruecos), también comienzan a rebelarse.
  3. Las redes sociales son más poderosas que tu censura. Organizados en torno a redes sociales como Facebook, o intercambiando mensajes por móviles o Twitter, tu pueblo ha logrado saltarse los controles, intercambiar información y agrupar el descontento.
  4. El contagio del virus de la libertad es inevitable. Ningún país puede aislarse totalmente en el siglo XXI. Todos los pueblos saben cómo se vive en Occidente, en el norte de África o en China. Gracias a las telecomunicaciones, hay demasiadas formas de conocer lo que pasa en el mundo, y todas ellas, por comparación, tendrán un efecto en la forma de vida de tu país.
  5. Tu mayor enemigo no es la prensa occidental, sino las cadenas árabes internacionales e independientes. Gracias a las antenas parabólicas, Al Jazeera, Middle East Broadcasting Channel o Al Arabiya, han estado mostrando durante los últimos años al mundo árabe otra realidad de tu país, y además en un lenguaje comprensible para todos: árabe clásico.
  6. La presión internacional crece cuando cierras el paso a la prensa. Pocas cosas hay que molesten más a Occidente que impedir la libertad de expresión y de comunicación. Si te cargas uno de los pilares básicos de las democracias, éstas y sus medios de comunicación prestarán más atención a lo que haces.
  7. Suiza ya no es el refugio del dinero que expoliaste. Desde que se aprobó que Suiza no podía esconder ni salvaguardar fortunas ilícitas de dictadores, ya no puedes confiar en este pequeño país para huir con el dinero que posiblemente has robado a tu pueblo. Tus viejos aliados solo se aprovechaban de ti.
  8. Hacerse fotos y darse la mano con los líderes de Europa y EEUU no significa que te vayan a sostener hasta la muerte. Lo hacen por conveniencia, igual que tú, porque prefieren lo malo conocido a lo bueno por conocer. Así preservan los beneficios económicos y estratégicos que les reportan los acuerdos que cierran contigo. Cuando tu régimen se tambalee, pueden retirarte la mano más rápido de lo que piensas.
  9. Tus amenazas solo sirven para encender más el odio. Si dices que no tienes intención de dimitir cuando la población te está pidiendo a gritos que lo hagas; si dices que morirás en tu país pese a quien pese; o si te empeñas en que tú representas la voluntad de tu pueblo y no cedes, estás poniendo todos los ingredientes para acabar perdiendo tu poder.

(Si quieres saber más sobre las revueltas en el mundo árabe, puedes consultar nuestro especial).

No abandonar a los pueblos árabes

07MAR2011

No abandonar a los pueblos árabes

Imagen: AFP
La inesperada rebelión en el mundo árabe tomó a todos por sorpresa.
Las satrapías del Magreb y Medio Oriente quedaron tan pasmadas como sus amos imperiales por la eclosión que se originó en un incidente relativamente marginal, más allá de lo terrible y doloroso que fue en el plano individual: la autoinmolación de Muhammad Al Bouazizi, un graduado universitario tunecino de 26 años que no encontraba trabajo y que se entregó a las llamas porque la policía le impedía vender frutas y verduras en la calle.

El terrible sacrificio de su protesta fue la chispa que incendió la reseca pradera de una región conocida por la opulencia de sus oligarquías gobernantes y la secular miseria de las masas.
O, para decirlo con las palabras siempre bellas de Eduardo Galeano, lo que encendió “la hermosa llamarada de libertad” que prendió fuego al mundo árabe y que tiene al imperialismo sobre ascuas.

No es casual, entonces, que los acontecimientos del mundo árabe hayan sumido en la confusión a buena parte de la izquierda latinoamericana.

Daniel Ortega apoyó sin calificaciones a Khadafi; el presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez, a su vez, se declaró amigo del gobernante, aunque por cierto que aclarando que tal cosa no significa –en sus propias palabras– “que estoy a favor o aplaudo cualquier decisión que tome un amigo mío en cualquier parte del mundo”. Además, prosiguió, “apoyamos al gobierno de Libia, a la independencia de Libia”.
Con sus declaraciones Chávez tomaba nota de la precoz advertencia formulada por Fidel no bien estalló la crisis libia: ésta podría ser utilizada para legitimar una “intervención humanitaria” de Estados Unidos y sus aliados europeos, bajo el paraguas de la OTAN, para apoderarse del petróleo y el gas libios.

Pero de ninguna manera esta sabia advertencia del líder de la Revolución Cubana podría traducirse en un endoso sin reservas al régimen de Khadafi.

No lo hizo Chávez, pero sí lo hizo Ortega.
Como era de esperar, la descarada manipulación mediática con la que el imperialismo ataca a los gobiernos de izquierda de nuestra región torció el sentido de las palabras de Chávez y de Fidel haciéndolos aparecer como cómplices de un gobierno que estaba descargando metralla sobre su propio pueblo.
En una esclarecedora nota publicada pocos días atrás en Rebelión,Santiago Alba Rico y Alma Allende argumentaron que un erróneo posicionamiento de la izquierda latinoamericana –y muy especialmente de los gobiernos de Venezuela y Cuba– “puede producir al menos tres efectos terribles: romper los lazos con los movimientos populares árabes, dar legitimidad a las acusaciones contra Venezuela y Cuba y ‘represtigiar’ el muy dañado discurso democrático imperialista”.
De ahí la gravedad de la situación actual, que exige transitar un estrechísimo sendero flanqueado por dos tremendos abismos:
uno, el de hacerles el juego al imperialismo norteamericano y sus socios europeos y facilitar sus indisimulados planes de arrebatarles a los libios su petróleo;
el otro, salir a respaldar un régimen que habiendo sido anticolonialista y de izquierda en sus orígenes, en las dos últimas décadas se subordinó sin escrúpulos al capital imperialista y abrazó y puso en práctica, sin reparos, las fatídicas políticas del Consenso de Washington y los preceptos de la “lucha contra el terrorismo” instituida por George W. Bush.
El Khadafi de hoy nada tiene que ver con el de los años setenta: su “tercera vía” degeneró en un “capitalismo popular” y las nacionalizaciones comenzaron a ser revertidas mediante un corrupto festival de privatizaciones y aperturas al capital extranjero que afectó a la industria petrolera y a las más importantes ramas de la economía.
Hoy Khadafi no es Nasser sino Mubarak: abastecedor seguro de petróleo a Occidente, buen cliente de las transnacionales europeas y norteamericanas y fuerte inversor en las economías metropolitanas.

¿Qué debe hacer la izquierda latinoamericana?

Primero, manifestar su absoluto repudio a la salvaje represión que Khadafi está perpetrando contra su propio pueblo.
Solidarizarse con quien incurre en semejante crimen dañaría irreparablemente la integridad moral y la credibilidad de la izquierda.
El reconocimiento de la justicia y la legitimidad de las protestas populares, tal como se hizo en los casos de Túnez y Egipto, tiene un único posible corolario: el alineamiento de nuestros pueblos con el proceso revolucionario en curso en el mundo árabe.
La forma en que esto se manifieste no podrá ser igual en el caso de las fuerzas políticas y movimientos sociales y, por otra parte, los gobiernos de izquierda de la región, que necesariamente tienen que contemplar otros aspectos y compromisos.
Pero la consideración de las siempre complejas y a menudo traicioneras “razones de estado” y las contradicciones propias de la “real politik” no pueden llevar a los segundos tan lejos como para respaldar a un dictador acosado por la movilización y la lucha de su propio pueblo, reprimido y ultrajado mientras el entorno familiar de Khadafi y el estrecho círculo de sus incondicionales se enriquecen hasta límites inimaginables.
¿Cómo explicar a las masas árabes, que por décadas buscaron las claves de su emancipación en las luchas de nuestros pueblos y que reconocen en el Che, Fidel y Chávez la personificación de sus ideales libertarios y democráticos, la indecisión de los gobiernos más avanzados de América latina mientras que toda la canalla imperialista, desde Obama para abajo, se alinea –aunque sea hipócritamente– a su lado?

Segundo, será preciso denunciar y repudiar los planes del imperialismo norteamericano y sus sirvientes europeos. Y organizar la solidaridad con los nuevos gobiernos que surjan de la insurgencia árabe.

Los propios rebeldes libios emitieron declaraciones clarísimas al respecto: si hay invasión de los Estados Unidos, con o sin la (poco probable) cobertura de la OTAN, los insurrectos volverán sus fusiles contra los invasores y luego ajustarán cuentas con Khadafi, responsable principal de la sumisión de Libia a los dictados de las potencias imperialistas.
Lo que hoy se está jugando en el norte de Africa y en Medio Oriente no es un problema local, sino una batalla decisiva en la larga guerra contra la dominación imperialista a escala mundial.

El triunfo de la insurrección popular en Libia tendrá como correlato el fortalecimiento de las rebeliones en curso en Yemen, Marruecos, Jordania, Argelia, Barheim y la que hace tiempo se viene incubando en Arabia Saudita modificaría radicalmente la geopolítica internacional a favor de los pueblos y naciones oprimidas.

Por eso, nuestra región no puede ni tiene el derecho a equivocarse ante un proceso cuyas proyecciones pueden ser aún mayores, y de otro signo, que las que en su momento tuvo el derrumbe de la Unión Soviética y cuyo desenlace revolucionario fortalecerá los procesos emancipatorios en nuestra región.

Abandonar a los pueblos árabes en esta batalla decisiva sería un error imperdonable, tanto desde el punto de vista ético como desde el más específicamente político.

Sería traicionar el internacionalismo del Che y de Fidel y archivar, tal vez definitivamente, los ideales bolivarianos. No hay que perder esta oportunidad.

Atilio Boron

Director del PLED, Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales.  http://www.atilioboron.com/

De EEUU ya no se fía nadie.

De EEUU ya no se fía nadie.

Gobiernos que amparan dictaduras como Arabia Saudí, Marruecos o estados como Israel o Colombia no tienen catadura moral para apelar a la tragedia humanitaria como excusa para intervenir militarmente
ARMAK de ODELOT

De EEUU ya no se fía nadie.

Gobiernos que amparan dictaduras como Nigeria, Guinea Ecuatorial, Arabia Saudita, Bahreim, Marruecos, Honduras o los genocidios de Estados como Israel o Colombia no tienen catadura moral para apelar a la tragedia humanitaria como excusa para intervenir militarmente en ningún país en guerra y menos si ninguno de los dos contendientes se lo pide.

Llevamos años viendo matanzas y bombardeos sobre el indefenso pueblo palestino y nadie ha dicho nada en favor de una intervención, ni ha movido un dedo para intentar pacificar la zona e imponer una paz justa. Y ahora se rasgan las vestiduras ante la guerra civil Libia ante la posibilidad de poder meterle mano a sus reservas energéticas.

Verguenza es lo que no tiene Occidente, que mientras que en dos días te ha montado un operativo militar de miles de millones de dólares para una posible intervención militar pseudohumanitaria, tiene abandonados, en la frontera de Libia con Túnez, a su suerte a esos miles de refugiados para los que clama justicia y atención.

Por lo que se ve, la ayuda humanitaria para ellos puede esperar. Aunque no sé si es mejor que la reciban. En Iraq se puede comprobar el tipo de ayuda que reciben del ejército americano.

Ya han pasado casi dos semanas desde que empezó la revuelta en Libia y todavía no se tiene claro que tipo de ideología tienen los sublevados ni de donde salieron las primeras armas con las que empezaron a combatir.

El hecho de que desde el primer momento se pusieran de su parte los EEUU, es para escamarse. Pero también es cierto, que las fuerzas rebeldes no desean que pongan los pies en su suelo.

Sigo pensando que este conflicto brotó de forma muy diferente a Túnez o Egipto. En estos paises, los descontentos con el régimen se manifestaron de forma pacífica.

Pero en Libia desde el primer momento, hubo confrontación armada por ambas partes. De ahí, la dureza de los violentos enfrentamientos.

Decir de antemano, sin pruebas. Que se debe de juzgar en el tribunal de la Haya a Gadafi y a su camarilla, es y fué contraproducente. Ya que casi se le obliga al lider libio a vender muy cara su salida del poder.

Aunque tal vez eso era lo que iban buscando.

Ya que al enquistarse la lucha, se podría llegar a la intervención y de esta forma gestionar un cambio que como en Irak podría eternizarse.

Démonos cuenta, que cualquier fuerza en inferioridad, como la de los rebeldes sublevados, estaría encantada de que le echaran una mano, ya que aseguraría el resultado y evitaría mucho sufrimiento y derramamiento de sangre.

Ni aún así los quieren.

Porque, a la vista está,  de las intenciones de EEUU no se fía hoy en día nadie.

ARMAK de ODELOT

Acoso a Libia: ¿Sentando un precedente contra Irán?

Acoso a Libia: ¿Sentando un precedente contra Irán?

Escrito por: Cordura el 04 Mar 2011 – URL Permanente

Decíamos hace unos días que Irán puede ser uno de los objetivos de la parte conspirativa de las “revoluciones árabes”. Se trata de una ya vieja obsesión del Imperio y del influyente sionismo (en particular, del estado que encarna esta corriente). ¿Están encontrando en Libia una coartada contra Irán?

Al pueblo libio.

Lo que acontece estos últimos días confirma esas sospechas.

Antes de abordarlo, remarquemos que no nos mueve ninguna filia hacia Gadafi.

Y eso que es evidente que su maldad se exagera hasta lo grotesco. Ahora es a todas horas “el dictador” el mismo que hasta hace unas semanas era “el coronel” o “el líder libio”.

Se silencian los aspectos positivos de su régimen.

Se da por buena sistemáticamente la información que viene del bando opositor. En tiempo récord, escasas semanas, han logrado emponzoñar su imagen para siempre.

Todo vale con tal de derrocar al gobernante caído en desgracia (es un viejo guión, ya usado en su día contra Sadam y aún en vigor contra la república islámica iraní).

Sin embargo, nada de eso justifica ni su errática conducta pasada, ni los rasgos tiránicos ya exhibidos, ni la violenta represión que estaría aplicando actualmente.

Aunque de esta última seguimos sin saber mucho. Los medios masivos –suele ocurrir en estos casos– se comportan básicamente como medios de propaganda. Nos saturan con información sobre (contra) Libia mientras apenas mencionan Bahréin –aliado vital de Estados Unidos–, donde la mayoritaria oposición chiíta ya cuestiona la monarquía en vigor.

Con su incansable cantinela, mezclando sutilmente información y opinión, deciden por nosotros quién es el “malo” y quiénes los “buenos” (que incluirían, claro, a quienes apoyan a los opositores).

Mucho énfasis en los posibles crímenes de guerra, pero poca información directa.

Esto último lo ha reconocido el mismísimo Tribunal Penal Internacional, instrumento aquí de los planes imperiales.

Sobre los bombardeos aéreos de Gadafi, ayer mismo llegaba la “confirmación” de una parte demasiado interesada, el gobierno estadounidense.

Pero su portavoz se veía obligado a reconocer que no puede decir «si fueron usados contra los rebeldes» (resulta significativo que hable de “rebeldes” y no “civiles”, pero ni lo primero puede afirmarlo).

Sea como fuere, el juego va estando claro en sus distintas vertientes, que a grandes rasgos vienen a ser también etapas sucesivas del plan:

1. Se apoyan y promueven las revueltas contra el régimen.

2. Se usan los altavoces mediáticos para magnificar la maldad del dictador y anunciar las posibles medidas que se tomarán contra él.

3. Mientras arrecia la campaña propagandística –que ya se prolonga hasta el final–, los buques de guerra imperiales se plantan ante las costas libias en misión “humanitaria” (léase intimidatoria… y lo que venga).

4. Se recurre al Tribunal Penal Internacional (al que, por cierto, Estados Unidos niega jurisdicción sobre sus propios crímenes) con vistas a dictar una orden de arresto contra Gadafi. Se trata sobre todo de intimidarle. Pero es, insistamos en ello, muy llamativo que se abra un juicio al gobierno libio a la vez que el Tribunal, según El Mundo, “reconoce la falta de información de lo que pasa dentro de Libia”. Confirmando que todo esto no es más que una farsa “legitimadora”: el coronel y los suyos ya han sido condenados de antemano.

5. Si aun así no cae la manzana madura, se decreta una zona de exclusión aérea en ayuda de los rebeldes y demás civiles, lo que ya constituye una agresión bélica externa en toda regla.

Esto aún no se ha acordado, a pesar de ser evidente que los países dominantes están por la labor. Lo que pasa es que se vienen topando con cierta resistencia de los gobiernos ruso y chino, entre otros.

Todo lo cual no impide que ya soldados occidentales (al menos, de Reino Unido y Países Bajos) hayan entrado en Libia, acción que huele a primicias de una invasión inminente (¿nadie lo condena?).

Ni que el Nobel de la Paz Obama, arrogándose una autoridad moral que ni remotamente posee, eleve cada vez más el tono de sus amenazas.

Las grandes potencias capitalistas llevan años conspirando contra Irán.

Con la excusa ficticia de su programa nuclear bélico, han impuesto duras sanciones a ese país.

Sin embargo, quizá por lo poco creíble que pese a todo resulta el casus belli invocado, han avanzado poco en sus pretensiones de derribar el régimen de los ayatolás.

¿Será que al fin han encontrado la estrategia adecuada?

Se trataría, contagio mediante, de extrapolar las revueltas en el Magreb y Oriente Medio al territorio iraní.

Sin duda los señores del Imperio esperan que la atracción del ejemplo libio –una vez consumado– resulte irresistible a ojos del pueblo persa.

El resto sería (también) cosa suya: la demonización mediática (en realidad, ya lograda desde hace años), el acoso naval (casi otro tanto), la farsa de juicio internacional, y la invasión en “apoyo del pueblo”.

En este esquema el casus belli sería el mismo que el imputado a Gadafi: la violenta represión de su propio pueblo.

Pero con la ventaja de que con Irán podría invocarse el caso libio como precedente.

Libia tiene seis millones de habitantes, Irán setenta más.

Libia produce mucho petróleo, Irán más del doble.

Libia posee considerables reservas de crudo, Irán más del triple.

Y entretanto, aún está reciente la última (?) matanza de civiles por la OTAN en Afganistán.

Una masacre de nueve niños, hipócritamente lamentada por el emperador.

Los mismos que matan niños afganos, ¿van a pacificar Libia?

 

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